http://youtu.be/QMEx6zKVQio
Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.
Política de cookies
Este sitio emplea cookies para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre tu uso de este sitio web. Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que autorizas el uso de cookies.
Entendido y estoy de acuerdo.
jueves, 5 de abril de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
El mero del día de las víctimas del terrorismo.
La temperatura del agua, aquel día, había subido un grado. Los 14 grados, hacían que no se pasara frío durante 5 largas horas buceando.
Me metí muy tarde, eran las 14 horas. Ya todos los pescadores submarinos que habían batido la zona, habían salido del agua. Eso está bien, pensé, ellos han madrugado para no sacar nada, yo que no he madrugado, igual tengo suerte de encontrarme la pieza imprevisible, esa que nadie espera encontrar y que está en el agua, a pesar de los madrugueras impertérritos.
Mi fobia a madrugar me llenaba de energía aquel día en que el sol lucía a rabiar.
Un pescador submarino, de aquellos que habían madrugado, me comentó que un mero había clavado, que pesaría unos 3 kilos, pero que se le había desclavado. Me dijo de una piedra al fondo de una bahía. Creía que yo no conocía bien la zona, y que el mero ya no estaría en aquella piedra. Pero tal vez pensaría que aquel mero, de no sacarlo alguien moriría en vano, descomponiéndose en el fondo marino para pasto de los demás peces.
Yo sabía exactamente, a falta de otras referencias, a que piedra se refería. Mi conocimiento de la zona, palmo a palmo, durante los últimos treinta años, me hacía confiar en que, si el mero estaba allí, vivo, herido o muerto, me lo encontraría y le haría colgar como un trofeo en mi aro portapeces. La seguridad era mi arma en aquel día.
Avanzaba lentamente, parando y bajando en cada piedra, escrutando con la linterna submarina leed todas las cuevas. Vi un pequeño mero de unos dos kilos esconderse bajo una piedra. Ya no dio más señales de vida. Había desaparecido. Pero, adentrándome mar a dentro, enfilando los altos acantilados del lugar, poco a poco llegué a la zona de la roca de la calavera. Aquel lugar era un lugar mágico. Podía uno encontrarse cualquier pieza importante, desde un tiburón zorro, hasta un mero de gran tamaño, incluso alguna lecha de tres kilos, o un bonito del mismo peso.
Cuando bajé a la roca que yo había calculado ser la del mero de aquel compañero pescador submarino. Me quedé atónito viendo que un gran mero me daba la cola para desaparecer dentro de una gran cueva en forma de L. Aunque llevaba el arpón cargado en la primera muesca, y no tenía mucha potencia, no lo pensé dos veces, mientras el mero trataba de desaparecer deslizándose cueva adentro, apreté el gatillo para intentar ensartarlo por la cola. Con suerte, pensé, si le ensartaba podría con rapidez tirar del él antes de que se enrocara con su enorme cabeza en lo más recóndito de aquella cueva. Pero el arpón solo le acarició la piel rasgándole algunas escamas. Miré al fondo de aquella cueva, viendo que mi pieza había desaparecido en algún lugar de la cueva en donde no podía verle. Me acordé del sabio Borriquete, y de su arpón clavado en aquella roca, como la espada del rey Arturo, clavada en la roca, imposible de extraer por medios humanos. Lo había intentado en varias ocasiones, cuando Borriquete me indicó donde había dejado un arpón clavado, pero no pude extraerlo a pesar de llevar el gancho saca arpones que él mismo me fabricó y que me acompaña desde hace casi veinte años en mis jornadas de pesca submarina y con el que he sacado varios arpones de otros enrocados, algunos míos, y me ha ayudado a sacar meros gordos y difíciles. Miré por la grieta por la que Borriquete había disparado aquel arpón, y, sorpresa, allí estaba el mero, a lo lejos en la cueva, se veía muy chico, dada la distancia lejana en la que se hallaba. Pero mi instinto depredador y cazador, apuntó en la lejanía certeramente a su ojo. El arpón del fusil de 90 cms, ya cargado en la segunda muesca, salió disparado y se clavó directamente en uno de los ojos de aquel mero escondido que se creía seguro.
Ascendí a la superficie, y después de ventilar mis pulmones, solté el carrete del fusil, para que este ascendiera a un metro de la superficie. Luego le colgué los boyarines sacameros en las gomas del fusil, para impedir que el mero se enrocara. Pero no se podía enrocar mucho, pues un buen disparo en uno de los ojos, dejaría paralizado al mero y este ni siquiera haría movimiento alguno. Me fui nadando hacía la boya que estaba algo alejada buscando el segundo fusil de 90 para darle el tiro de gracia al mero y poder afianzarlo antes de utilizar el gancho sacameros.
Los coletazos del mero y la sangre que salía de la herida me hacían imposible poder visualizar su silueta. Sabía que estaba clavado, pero no sabía a ciencia cierta si le había atravesado de muerte o se me escaparía. El segundo fusil, se me encasquilló y no me dejaba cargarlo. El largo tiempo sin utilizar le había hecho inoperativo en el momento en que mas lo necesitaba. Me armé de paciencia, y poco a poco conseguí desencasquillarlo. Lo cargué y me dirigí hacía donde había disparado anteriormente. Miré bajo la grieta alumbrándome con la linterna y vi al mero atravesado por uno de los ojos. Ya casi cantaba victoria. Pero debía hacerle un segundo disparo al cerebro para afianzarlo. Disparé el segundo arpón, hacía el lugar en donde calculé que tendría el cerebro. Y el arpón se clavó en la cabeza del animal. Luego desenrollé el carrete consiguiendo subir a un metro de la superficie el fusil. Después le coloqué otra boya sacameros. Después de ventilarme, bajé con el gancho sacameros y pude extraer al animal sin mucha dificulta. Bendita sea, pensé, pues creía que por aquella grieta no cabría el cuerpo del enorme animal que ahora se veía inmenso. Pero el problema no era la grieta que era lo suficientemente ancha como para, con la ayuda del gancho sacameros, poder extraer al mero, sino que el problema era el segundo arpón disparado, que se había clavado en aquella roca. Pensé al principio, que si mi arpón se había clavado igual que el de Borriquete, me sería imposible sacarlo y lo perdería. Pero la suerte aquel día estaba de mi parte. Conseguí sacar el arpón, también subí el mero. Le rematé con el cuchillo clavándolo desde las agallas hacía el cerebro. Pero la cabeza del mero estaba durísima. Conseguí dejarle narcotizado, y le clavé en el gancho sacameros. El trofeo, regalo del sabio borriquete, estaba asegurado. Luego divisé un mújol que nadaba velozmente a media agua. Avancé y le clavé certeramente de un solo disparo. Ya el sol tendía a ocultarse, eran las siete de la tarde y ya llevaba 5 horas dentro del agua buceando. Tocaba retornar y salir. Pero en el camino me encontré algo que la ciencia no se si tendría conocimiento. Era una bola de caracolas marinas, apiñadas formando un gran bulto. Entre ellas existía una especie de esponja blanca. Parecida a una esponja artificial de material plástico, mas bien tirando a una esponja de poliuterano, formada por pequeñas esferas unidas entre si. Entonces deduje algo que no había imaginado hasta entonces. Tal vez aquella esponja formada por bolitas unidas parecidas al material de poliuretano, solo eran un producto excretado por aquellas caracolas, y que les serviría para desovar, o aparearse. la foto y el vídeo de aquella pelota de caracolas alrededor de aquella esponja natural de poliuretano, quedó grabada por mi cámara fotográfica Canón. Y doctores tiene la ciencia para deducir si la teoría que había imaginado sería realidad o simple casualidad.
lunes, 5 de marzo de 2012
El agua estaba a 13 grados 13. Los sargos estaban preñados. Los salmonetes esquivos. La puntería infalible.
Aquel sábado 3 de marzo, la mar se presentaba tranquila. El viento de suroeste la había dejado planchada. También estaba transparente. No obstante, la previsión meteorológica no era muy buena, pues a partir de mediodía la fuerza 4 de Beafour, se convertiría en 5.
Nada más penetrar al agua, me quedé congelado. A pesar de llevar el traje de 7 mm y el chaleco de manga corta. En el cinto 7 kilos de plomo. La corriente del sur me hacía difícil avanzar. Así que opté por ir contra corriente, para, a la vuelta poder retornar sin problemas a toda velocidad ayudado por la corriente a favor.
Bajé unas 100 veces, a escrutar con la linterna submarina led, bajo las cuevas de las rocas, durante las 5 horas que estuve buceando.
No se veía pescado alguno. Los salmonetes estaban esquivos, y les tuve que disparar en la distancia mientras huían a toda velocidad. No me dieron otras oportunidades y la buena puntería hacía estragos por la espalda a los huidizos salmonetes allá en la lejanía donde eran atravesados partiéndoles la espina o la cabeza por el arpón disparado certeramente.
Únicamente en dos ocasiones encontré al fondo de dos cuevas unos sargos de esos llamados gordos, gordos. Les disparé certeramente a la cabeza, y ambos se enrocaron de lo gordos que eran. Pero con paciencia logré sacarlos por el hueco mas ancho de las cuevas en donde habían sido abatidos.
Antes de salir del agua, con la ayuda del cuchillo que llevaba en la espinilla, rasgué los vientres de los sargos para sacarles las vísceras. Mi sorpresa fue enorme, cuando vi aparecer las enormes huevas que llevaban en sus cuerpos. Quité con precaución las tripas por la parte de las agallas, dejando unidas al ano, las enormes huevas y letones que portaban en el vientre aquellos sargos.
Luego, ya en casa, pude tomarme una cerveza, acompañada de las huevas fritas, con aceite de oliva en el microondas, durante menos de un minuto. Ya una vez en el plato les eché un poco de zumo de limón. También llevaban aquellos sargos un hígado enorme, que junto a las huevas, fue el aperitivo de aquel día de pesca submarina. El plato principal de aquel día fueron los 4 salmonetes asados con unos granos de sal en el microondas. Se hicieron en 6,30 minutos. Le eché, una vez en el plato, limón y aceite.
No fue uno de mis días predilectos. La noche anterior no había dormido lo suficiente, tras un día agotador haciendo rápel durante unas seis horas. Además, la semana anterior, la media de sueño no superó las cinco horas diarias. Y la pesca submarina solo se debe practicar, si se encuentra uno descansado, habiendo dormido al menos 8 horas previas a la jornada de pesca.
No fue uno de mis días predilectos. La noche anterior no había dormido lo suficiente, tras un día agotador haciendo rápel durante unas seis horas. Además, la semana anterior, la media de sueño no superó las cinco horas diarias. Y la pesca submarina solo se debe practicar, si se encuentra uno descansado, habiendo dormido al menos 8 horas previas a la jornada de pesca.
miércoles, 22 de febrero de 2012
El agua estaba a 13 grados. La perrita invisible.
Aquel sábado 18 de febrero de 2012, el agua estaba entre 13 y 14 grados centígrados. Ya hacía tres fines de semana que, por unas causas o por otras, no me había metido a bucear. Las bajas temperaturas de aquellas fechas, inusuales en la zona del sureste, hacían de la pereza, para ponerse el traje de neopreno y zambullirse en las frías aguas del Mediterráneo, una virtud, para protegerse del frio. Por eso, aquel día que por fín el sol lucía y la temperatura exterior máxima era de unos quince grados a 17, elegí aquel lugar para zambullirme y practicar la pesca submarina. No esperaba pescar nada, pues en esta época del año, el pescado se encuentra desaparecido. Los pulpos y alguna sepia es lo único que se deja ver.
Me calcé mi chaleco de neopreno de manga corta, que aúnque algo acartonado ya, por tener casi veinticinco años, aún prestaba su función isotérmica, teniendo asegurada una jornada de pesca sin pasar frio. Por si el chaleco no fuese suficiente, mi nuevo traje microporoso baratero, de 7 mm, con pantalón sin peto, era otra de mis armas para protegerme de las gélidas aguas de esta época del año. Me coloqué al cinto 7 kgs de plomo. Además me golgué una pastilla de un kilo de quita y pon, hasta alcanzar los ocho kilos de lastre. No obstante, al final, prescindí de ella, y me quedé sólo con 7 kilos de plomo, lastre que me resultaba suficiente para bajar y planear por el fondo.
Y así fue. Durante las cuatro horas largas que permanecí buceando, no sólo no pasé frio alguno, sino que, al contrario, un calor bochornoso me inundaba, obligandome de vez en cuando a abrirme la capucha para dejar entrar algo de agua fría que me refrigerase un poco la cabeza. Pero lla completa estanqueidad del nuevo traje de neopreno, me hacían sentir calor muy a menudo.
Me metí al agua aproximadamente a las 14 horas y salí a las 18 horas, cuando al sol aún le quedaba casi media hora antes de ocultarse.
No ví casi nada de pescado. Tan solo unas chopas de casi un kilo, de las que conseguí capturar una de ellas. También vi, en dos ocasiones, un banco de lechas de casi tres kilos, que pasaron junto a mi a una velocidad imposible de apuntar con mi fusil. Cometí la imprudencia de intentar seguir a una para apuntarle con el arpón, pero su velocidad me impidió ponerla en el punto de mira. Tal vez hubiese acertado, dejando el fusil quieto, mientras hubiese podido mirar la mirilla, y cuando hubiese visto en la mirilla una cabeza de lecha, podía haber apretado el gatillo. Pero aquel día no caí en practicar ese tipo de caza. Otro día será.
Cuando salí del agua y me dispuse a cambiarme y ponerme la ropa seca. Un bonito perro de color blanco, intentaba ganar mi confianza de perro guardían del mi coche. Era una perra de esas que utilizan los pastores de ovejas para cuidar el rebaño. Llevaba al cuello dos correas, en una de ellas lllevaba una chapa de plástico identificativa. Para demostrarle mi agradecimiento mientras vigilaba mi coche, le ofrecí una barrita energética de avellanas y almendras, de esas que tanto me gustan. Pero la perra, no parecía tener apetito, tan solo olfateó a malas penas la barrita de lejos, y no se la comió, la ignoró por completo. Por lo que supuse que no sería una perra abandonada, sino una perra con dueño, bien alimentada, y que circulaba libre por donde le daba la gana. Tal vez su caracter pacífico, le hacían acreedora para disfrutar de una libertad merecida.
No obstante, le ví con intención de intentar subir al portamaletas de mi coche, y después también pensó en subirse al asiento del conductor, cosa que le negué. Una vez me hube cambiado y vestido, le dirigí un saludo de despedida con la mano, subí al coche y me fuí de allí, dejando a la perra en aquel lugar, tal cual la había encontrado. No tardó en irse por donde había venido, después de ver que mi coche ya se alejaba, sin darle la mas mínima oportunidad de cambiar de dueño.
Bueno, esto de la vida animal, tiene sus virtudes y defectos, pues a pesar de no haber cazado animales del género de los peces, no obstante, estuve bien acompañado de una perra de color blanco, con el pelo rizado como un borrego. Le hice algunas fotos, pero la perra era tan blanca, que probablemente, ni la cámara fotográfica pudiese captar su imagen. Menos mal que al estar en llibertad su hocico algo sucio, podía servir de identificación para que la imágen fotográfica tuviese materialidad.
viernes, 3 de febrero de 2012
lunes, 26 de diciembre de 2011
El pato silvestre black. El cormoran.
El agua estaba a 16 grados. Llevaba la chaqueta nueva de 7 mm, un peto de 3 mm. de varios años y un pantalón con peto de 7 mm, comprado hace unos tres años, pero que ahora solo tendría no mas de 4 mm. Llevaba en el cinto 6 kilos de plomo, pero tal vez me sobraba un kilo. Días antes, estrené el nuevo traje de 7 mm, con pantalón cortado sin tirantes, tuve calor, pero me metí con tan sólo 6 kilos de plomo, y me costaba mucho bajar, y aletear, pues la flotabilidad el pantalón me impedía hundir las piernas en el agua para aletear.
Llevo viendo cormoranes, una especie de patos silvestres negros, durante dos días en lugares distintos y distantes. No se inmutan ante la presencia del pescador submarino. Pero a este de la foto, ya le he cansado mucho permaneciendo junto a su pedestal fotografiándola sin parar, a una distancia que hacía pensar mal de mis intenciones. Por eso, el cormoran ha remontado el vuelo, instantánea que he podido capturar. Me recordó a la pintura de mi amigo el sabio borriquete, que tiene colgada en su blog, se trata de un águila marina remontando el vuelo sobre una roca en medio del mar.
No se ve pescado. Hace unos días una chopa de un kilo se puso delante del arpón. Hoy, una corvina de algo mas de un kilo y un sargo de casi un kilo. El invierno no es muy bondadoso para con el pescador submarino.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Solo logré sacar el arpón.

El agua estaba a 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm, comprado hace dos años, algo comprimido ya por causa de lavarlo en la lavadora, y además llevaba un chaleco de neopreno de manga corta, que poseo desde hace ya unos 22 años. Llevaba en el cinto tan solo seis kilos de plomo. Después de un buen rato en el agua, me puse la capucha accesoria que llevaba guardada en la boya. El frío me iba haciendo mella en la cabeza. Pero la capucha era un poco opresiva, por lo que no estaba del todo seguro que hubiese acertado cambiando frío por opresión en el cuello.
Ya no había nada que hacer allí, había desperdiciado mi única oportunidad. Aquel mero, de unos cuatro kilos, estaba acompañado de otro mas pequeño. Bajé varias veces, pues la cueva estaba pegada al fondo y era muy difícil que de los dos meros, el más grande, el de unos 4 kilos asomase el morro. Cargué el fusil en la segunda muesca del arpón. Pensaba que de darle un tiro certero en uno de los ojos o en el morro, sería completamente fácil sacar al mero. Después de bajar varias veces, le vi el morro, apenas asomaba, pero estaba a unos tres metros de mi gatillo. Mi dedo índice no se lo pensó dos veces, apuntaba al morro del mero y apreté el gatillo. El arpón salió disparado a toda velocidad perdiéndose en lo mas profundo de la cueva submarina. No se veía nada del arpón, tan solo el hilo de pvc. Miré por distintos sitios opuestos al del disparo para ver si se veía la punta del arpón y poder sacarlo. Pues desde donde lo había disparado era labor imposible. No se vía posibilidad alguna de encontrar por ningún otro lado la punta del maldito arpón. Estaba claro que el mero no había clavado, pues no se veía polvo en suspensión en el fondo de la cueva. Si el mero hubiese sido arponeado, este se debatiría moviendo su cuerpo y su cola y levantando una capa de limo del fondo de la cueva que haría imposible un agua transparente. Por eso, por estar el agua completamente transparente, pensé que el mero había hecho mutis por el foro, y se había largado viendo venir desde muy lejos el disparo del arpón. Que pena, pensé, había fallado un bonito ejemplar de mero, apto para ser regalado como regalo de Navidad. Pero lo peor es que había perdido otro arpón. Menos mal que el arpón que perdería si no conseguía extraerlo, anteriormente me lo había encontrado clavado en una cueva. No me había costado nada, pero si lo perdía tendría que adquirir otro.
Miré por última vez la dirección del disparo, y me percaté que en aquella dirección, en el lado opuesto al del disparo, había una hendidura de rocas en el fondo, la grieta era muy estrecha, pero alumbrándome con la linterna, pude por fin meter la cabeza y le vi, allí estaba la punta de mi arpón, al límite del alcance de mi brazo. Lo cogí con gran dificultad y lo desenroqué, luego ascendí a la superficie, me ventilé y volví a bajar tirando del fusil por el lugar desde el que había disparado. El arpón salió sin dificultad. Me congratulé de que a pesar de haber fallado un buen mero, al menos había conseguido recuperar el arpón, después de casi media hora intentándolo. Tal vez, aquel mero, al no haber sido alcanzado por el disparo, estaría tan feliz otro día esperando que otro arpón de los de mi fusil, le extrajese del lugar escondido en el que se hallaba en compañía de aquel otro mero de menor tamaño.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)