MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

domingo, 8 de marzo de 2015

Buscando pecios de barcos hundidos con la sonda de mis compañeros regalo de jubilación.











Aquel sábado de marzo, habíamos convenido mi compa de pescasubmarina y yo, sacar el kayak con las sondas, para localizar un pecio hundido alejado unos seis kilómetros del faro de Navidad.
Después de cargar con los kayak, con  todo el tiempo que ello requiere, para no olvidarse de nada, llegamos al lugar en donde debíamos aparcar los coches para poder botar los kayak por la rampa. 
El primer obstáculo era que no había lugar para aparcar. Habían abierto un restaurante en aquel lugar y la falta de aparcamientos dificultaba nuestros objetivos, por la cantidad de coches que había. Pero no desistimos, esperamos hasta encontrar dos sitios libres y comenzamos a preparar los equipos, botamos los kayak, y comenzamos a navegar.
A pesar de las previsiones de buena mar de fuerza 2 con viento del sur, aquello era una fuerza tres de Beafour, y el viento era muy frío a pesar de venir del sur. Habían empezado a aparecer borregos en la mar, estaba muy turbia y el viento dificultaba el avance de los kayak. 
Pero al cabo de una hora larga llegamos a donde se suponía que estaba el pecio. Pasamos con las sondas rastreando el fondo. Y allí aparecía una estructura de barco hundido y reposando en un fondo de entre 15 y 22 metros. 
Dejamos aquel pecio y comenzamos a navegar para buscar el segundo que estaba alejado de aquel unos 800  metros. También lo pudimos localizar por el GPS. El barco estaba en un fondo de 12 metros, y en  la sonda se veían multitud de cabos que emergían de aquel barco, probablemente las redes de algún pesquero. 
No buceamos aquel día, porque el viento barría con  mucha fuerza el lugar y la mar estaba tan turbia que la visibilidad ni siquiera era de 5 metros. Las aguas tan frías nos hicieron desistir.
No obstante la sonda marcaba 14 grados en superficie, lo que significaba que la primavera en la mar comenzaba, pues había subido un grado desde la semana anterior. Y a partir de ahora solo continuaría subiendo mas grados.
Abandonamos el lugar después de comer unas barritas en una playa cercana, y llegamos de nuevo a la rampa, sacamos los kayak, y recogimos los equipos. 
Al final nos tiramos seis largas horas aguantando un frío viento del sur, subidos y remando en los kayak.
La sonda se portó bien, pero al final comencé a tocarle teclas y la fastidié. 
No obstante, había conseguido aquel día, probar la sonda, después de casi tres meses esperando que la mar me dejara o diera la oportunidad de hacerlo.
Mi compa juró que a aquel lugar no volvería mas. Pero todo es cuestión de estar psicológicamente preparado para superar todos los obstáculos. Si mentalmente los superamos, los obstáculos físicos no tienen fundamento.
El chubasquero me jugó una mala pasada, pues la cremallera se rompió, con lo que los rociones del agua fría me mojaban el pecho, cubierto solo por un chaleco de neopreno que se iba enfriando.
Por la noche, me dolía la cabeza, me tomé una aspirina, y viendo que la tensión me había subido,  me coloqué una pastilla debajo de la lengua. A la hora, me había desparecido el dolor de cabeza y la tensión. Cuando me levanté, me di cuenta que la pastilla de la tensión había caducado hacía ya cuatro años. Sabia es la naturaleza humana pensé. Pues si la pastilla había caducado y la tensión me había bajado, tal vez la pastilla solo hizo de placebo y  me había curado de una forma psicológica. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

La nueva sonda y la niebla








Llevaba ya dos meses sin poder salir a bucear por culpa de la mala mar. Lo que estaba ocurriendo este año, no me había pasado en 33 años que llevo practicando el deporte de la pesca submarina. 
Precisamente ahora que tenía todos los días para poder practicar dicho deporte, las circunstancias me lo habían impedido. Por eso, aquel día que anunciaban buena mar, no lo pensé y salí con el kayak y la nueva sonda que mis compañeros me habían regalado por mi jubilación. Aún no había tenido oportunidad de probarla desde hace mas de dos meses que dispongo de ella. 
Pero, algo con lo que no había contado se presentó de golpe, era una espesa y densa niebla baja que resultaba peligrosa para practicar la pesca submarina alejado a un kilómetro de la costa, como yo pretendía hacer aquel día. No obstante, me metí con el kayak. 
Pero otra mala jugarreta, esta vez me la jugó la sonda. No me había leído bien o no había memorizado bien, como se graduaba la retroiluminación de la sonda. Así que no se veía nada en la pantalla. Estaba oscura y no podía probarla. 
El agua de la mar estaba muy fría, 13 grados centígrados. Además estaba muy turbia, había una visibilidad muy mala, tan sólo de unos cinco o siete metros. Apenas se divisaba difuminado el fondo. 
Bajé e hice algunas esperas, pero no se veía pescado alguno. Tan solo bancos de obladas y algunos sargos chicos. 
Pensando que el objetivo para el que me había metido a bucear aquel día no lo podría cumplir, recogí y até bien el equipo en el kayak y volví, antes de que la niebla se volviese mas espesa y me impidiese regresar al punto de partida. Cosa improbable, pues llevaba el gps y una brújula. Pero era mayor el temor de que alguna embarcación me abordase, dada la niebla.
Efectivamente, cuando regresaba alguna embarcación pasaba por aquel lugar a una velocidad que no hubieran podido verme. 
A veces, son las circunstancias las que mandan, y a uno solo le queda ser prudente y dejarse llevar por aquellas.
Como los males vienen en cascada unos detrás de otros, al día siguiente me levanté con un lumbago que apenas podía moverme. Era lógico, el ejercicio de levantar y colocar el kayak en la baca del coche, y los golpes de riñón con el cinto de plomos para sumergirme, después de dos largos meses sin practicar este deporte, hicieron que el lumbago hiciese su aparición. A perro flaco, todo son pulgas.
Como al día siguiente continuaba la niebla, y había leído en la prensa que en la playa de Fatares en Cartagena, un barco de 8 metros se había hundido, al acercarse el patrón a la costa para evitar la niebla, me disuadió dicha noticia de sacar de nuevo el kayak y de practicar la pesca submarina. Ya sólo me quedaba como alternativa sacar la bici, por el carril bici, con la máxima de las precauciones. El coche no lo quería tocar, por si alguien le daba por detrás circulando. Pero en casa no me iba a quedar, maldita sea. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Salmoneitor 600






El agua en estas fechas del año, aún no estaba tan fría como otros años. Los 16 grados centígrados y el día bueno de sol con anticiclón y mar calmada hacía de la pesca submarina una actividad agradable. Sobre todo si, a los que nos nos gusta madrugar, entramos al agua a las 13 horas de la tarde. Llevaba el pantalón nuevo de 7 mm, sin peto, y dos chalecos de unos dos centímetros cada uno en el pecho. En el cinto tan solo 6,5 kilogramos. Había prescindido ese día del chaleco de plomos, pues, no era efectivo, ya que ofrecía resistencia al agua en las subidas y bajadas, haciéndome perder mucho tiempo y energía. A fin de cuentas en el chaleco solo llevaba 800 gramos efectivos de plomo, pues aúnque llevaba otras dos pastillas de 800 gramos cada una, estas eran necesarias para compensar la propia flotabilidad del chaleco, con lo que resultaban neutras. Con chaleco llevaba tres pastillas de 800 gramos en este, y en el cinto cuatro kilos  o cuatro kilos  y medio de plomo. Pensé que la efectividad en las bajadas y subidas, el ahorro de tiempo, y el poco plomo que debía ponerme en el cinto, hacían imprescindible prescindir del chaleco. De hecho el chaleco hacía que en la pesca al agujero me estampara contra el fondo. Mientras que en la pesca a media agua, las bajadas no verticales por la deriva en la resistencia del chaleco, me hacían fallar muchos salmonetes, y la propia resistencia al agua del chaleco les asustaba, al emitir mas vibraciones, por la falta de aerodinámica del cuerpo. 
Este año 2014 había sido un mal año para mi en esto de la pesca submarina. No había cogido el clásico dentón del puente de la constitución, ni el clásico dentón del mes de mayo. Tampoco había cogido el clásico mero del día de Navidad. Por eso, intenté aquel día buscar un buen mero por aquel lugar, pero no lo vi. Solo algunos salmonetes, algunos grandes. 
Pensábamos ir mi compañero y yo a unas piedras en donde podría haber meros, por eso dejamos de lado los salmonetes. Pero mi instinto depredador, me hacía suponer que aquel salmoneitor que la semana pasada había fallado en aquel lugar, tal vez estaría por allí. Le estuve buscando, mientras mi compañero llegaba. Y le vi. Estaba allí. Pero esta vez solo. La profundidad era de unos diez metros. El salmonete estaba por el fondo, pero a pesar de la profundidad me sintió desde abajo nadar en superficie. Y salió buscando un lugar mas tranquilo. Nadé detrás del samoneitor unos diez minutos, pero era un culo de mal asiento, no se paraba, Temía perderle de vista. Hasta que vi que entró en la sombra junto a una piedra con algas al lado. Dejé de verle desde arriba, pero al no haberle visto salir de allí, supuse que estaría por alrededor de aquella piedra en alguna sombra. Me apreté el cinto de goma para que no resbalase e hiciese ruidos contra el traje que pudieran perturbar la tranquilidad y la confianza del salmonete en donde quiera que estuviese. Di un golpe de riñón perfecto, moviendo las aletas solo cuando estaban bien dentro del agua para no hacer vibraciones ni burbujas que hacen ruido. Me coloqué en posición aerodinámica completamente vertical, con el fusil apuntando hacía delante. Solo cuando me aproximaba al fondo, vi su enorme cabezota. Su cuerpo estaba oculto en las algas. Los últimos metros no aletee y me dejé caer a plomo, frenando en el ultimo momento con las aletas como si fuesen alerones. Apunté a la enorme cabeza de Salmoneitor, apreté el gatillo. Y no vi movimiento alguno. El salmonete había sido muerto en mismo instante en que el arpón atravesó su cabeza. No movió ni una escama. Tenía tan dura la cabezota, que no podía sacar el arpón, porque los duros huesos de aquel mastodonte de salmonete me lo impedían. Opté por sacar el hilo del arpón del mosquetón, y sacarlo por la cabeza del salmonete por el mimo agujero del arpón. Mientras hacía esto, mi compañero llegó. Le dejé el salmonete en sus manos, mientras yo volvía a armar el hilo del arpón en su mosquetón. No había peligro de que escapase. Estaba muerto ipso facto. 
Entramos al agua a las trece horas y salimos a las 18 horas. El día no dio mucho de si, fallé varios salmonetes, y logré clavar otro mas. Mi compañero, clavó varios y alguna corvina grande. 
No se podía decir que el día había sido malo, aunque no encontrara ningún mero decente. El salmonete pesó en la báscula de la cocina de precisión 610 gramos. Pensaba comerlo asado al microondas, pero pensé que era mucho salmonete para mi. Teniendo en cuenta su carne apretada. Me comí el otro salmonete y congelé a Salmoneitor. Cuando tenga una buena comensal, se lo serviré a la mesa. 



domingo, 9 de noviembre de 2014

Enviciado con los dentones









El agua estaba en 20 grados. La chaqueta era de 7 mm biforrada, comprada dos años antes. El pantalón era microporoso sin peto de 7 mm comprado hacía ya unos cuatro años. Un chaleco de 2 mm, que apenas abrigaba, y cuatro kilos de plomo en el cinto. Aun cuando me sobraba medio kilo.
No tenía frío, pero tampoco calor. El día que pronosticaban nublado, no lo fue del todo, mas bien un sol entre nubes bajas, impedía que hubiera dentones aquel día. El día anterior en la misma zona las redes de los pescadores profesionales, habrían capturado una buena remesa de dentones, y los que no habrían huido a otros lugares y a otras profundidad es. 
Recuerdo el año anterior, yendo todos los fines de semana al mismo lugar con resultado negativo, salvo el día de la Constitución en que si hubo suerte y un dentón de 3 kilos se dignó a ser capturado por el fusil Cressi de 115 cms. 
Pero los negativos resultados no me iban a impedir jugar todos los fines de semana a la suerte de capturar un buen dentón. Solo a quienes se muestran pertinaces en su voluntad de conseguir un objetivo aún cuando los resultados vayan siendo desalentadores, al final lo consiguen. 
Esos pensamientos me hacían estar enviciado todos los fines de semana, siendo fiel al lugar y a la hora. 

domingo, 19 de octubre de 2014

LA SOMBRA CATALANA ES ALARGADA




Había empezado por estas fecha,s como todos los años anteriores, a tomarle querencia a aquel lugar. Ellos, los dentones, solían visitarlo a una hora determinada del día. Sobre todo en días nublados. Lo estarían haciendo desde ahora hasta el día de la celebración de la Constitución española. Precisamente en años anteriores al día uno de  noviembre le había denominado el día de los santos dentones. Porque año tras año acudían estos animales a aquel lugar, a aquel sitio exactamente que yo conocía, y a la hora que yo tenía prevista. Eso lo hacían todos los años, menos el año anterior. Aún no entiendo que les ocurrió para no venir. 
Quien si iba a venir el próximo día de todos los santos era mi hermana, que vivía en Cataluña mas de cuarenta años. Ella había arraigado tanto en aquel lugar, que tenía dos hijos catalanes y un blog escrito en catalán. Por eso me había propuesto invitarla a comer un buen dentón, si lograba cazar alguno antes de esas fechas. Mi hermana hacía casi veinte años que no venía. Mientras yo que jamás había visitado Cataluña, el año pasado por estas fechas tuve que ir dos veces en menos de una semana. La primera para celebrar una boda, la segunda para el funeral de mi cuñada. Por eso no guardo buen recuerdo de aquel viaje. 
Aquel día, mi compañero de pesca y yo habíamos empezado la jornada entrando al agua a las 13 horas. Nada de madrugar que no es bueno para la salud y produce estrés. 
El agua estaba transparente, a 23 grados centígrados. El sol lucía todo el día. No había ni una nube. Mal día para los dentones, pensé. No obstante estuve haciendo esperas unas trece durante dos horas. A las 15 horas decidimos ir a un lugar a 16 metros de fondo, en donde había buenas piedras para poder cazar un mero. Estuvimos bajando hasta las 18 horas, sin resultado positivo. Tan sólo vi un mero de unos cuatro kilos, que fallé el disparo. Mi compañero capturó a la pareja de aquel mero, de un tamaño mucho menor. Un par de corvinas de casi un kilo cada una y nada más. Después nadamos unos dos kilómetros hasta llegar a una grieta de corvinas gordas, que no estaba a mas de diez metros de profundidad. Mientras mi compañero se entretenía con aquellas corvinas, yo lo hacía en otra grieta con otras gordas también. Pero fallé varios disparos y no le día a ninguna. Pero cuando eran casi las 19 horas y tocaba volver a tierra, pues nos quedaba mas de media hora que darle a las largas aletas para salir del agua, vi una sombra, que supuse era un mero no muy grande, pero si de cerca de dos kilos. No podía distinguir nada de la silueta del mero, sino tan solo una sombra negra al fondo de una grieta. Bajé sin mover el fusil impulsándome por movimientos lentos y disimulados de las aletas mientras apuntaba a lo que adivinaba podía ser la cabeza del animal. Disparé a una distancia de un metro y medio. Hice blanco, porque vi que el arpón vibraba después del disparo,  pero el animal intentó meterse bajo la grieta para enrocarse, cosa que no le dejé hacer, cogiendo el arpón tiré suavemente del él para que no se desclavase. Entonces noté que el mero no era de dos kilos sino de más peso. Tenía la sensación de que se me iba a desclavar con un solo arponazo. Pero me dí cuenta que le había atravesado la cabeza junto al ojo y el arpón le había salido por debajo de las agallas. No obstante, lo cogí con mucho cuidado, le clavé el cuchillo en la cabeza. pero esta era tan grande que no podía atravesar con el cuchillo su duro cráneo. Lo colgué en el aro y mi compañero me ayudó a rematarlo con su afilada daga. Tocaba volver a tierra, el sol se iba a poner en media hora. 
Llevaba aquel día el traje de 7 mm comprado hace varios años que ahora tendría 5 mm. No llevaba peto, pero si un chaleco.  En el cinto sólo llevaba 3,5 kilos de plomo. Era agradable bucear con la temperatura cálida del agua. 
Ya había conseguido proveer el congelador de una pieza para celebrar con mi hermana catalana. El mero de la región de Murcia, pasaría a ser carne catalana en cosas de una semana, el día de todos los santos probablemente. Por eso pensé que la sombra catalana es alargada si este mero la representa en toda su extensión. No obstante, a pesar de la voluminosa cabeza del mero, este sólo pesó 3,75 kilos. 


lunes, 6 de octubre de 2014

Los dentones del día de los guantes nuevos



Aquel día había estrenado guantes nuevos. Las lluvias de la semana anterior habían dejado el agua echa barro o blanca. Por eso aquel día no esperaba encontrarme con visibilidad alguna. Pero me equivoqué. Allí en aquel lugar en donde no había montes ni ramblas, el agua estaba algo blanca, pero la visibilidad era superior a los diez metros. Por eso, me dirigí al lugar. Eran las 14,30 de la tarde. Cuando bajé a aquella cueva y me escondí, a unos diez metros de profundidad, no esperaba que aquellos dentones de entre kilo y medio y dos kilos, estuviesen esperándome. Se trataba de dentones suicidas. Que se acercaban a la punta del arpón. Sentí mucho que no tuvieran un peso mayor. Pero, al no ver ejemplares mas grandes, disparé. El tiro no podía ser mas fácil. Eran ellos los que se clavaban en el arpón. Pude clavar a otro, pero dejé que se acercara y no disparé. Después de las 15 horas habían desaparecido. 
También vi dos abadejos grandes, pero no pude dispararles. Clavé una corvina y una lecha. Pero ya el mes de octubre hacía ver que empezaba la época de la pesca. El verano se había marchado sin nada que hacer. Espero tener mas suerte este otoño.
El agua estaba en 24 grados. Llevaba un traje que hace varios años tenía 7 mm y que ahora tendría unos 5 mm. El pantalón sin peto. Pero me puse un chaleco de 2 mm, ya muy viejo. En el cinto llevaba tres kilos de plomo, pero me puse medio kilo mas. Sin el medio kilo bajaba con un poco de esfuerzo, pero al subir la flotabilidad me impulsaba rápidamente a la superficie. Con el medio kilo de más, bajaba sin dificultad, pero al subir notaba cierto trabajo. Como no estaba a mucho fondo, opté por llevar los tres kilos y medio. Tampoco era tanto, pensé. 

domingo, 10 de agosto de 2014

La lecha de las perseidas



El mes de agosto no era distinto al de otros años. Una plaga de veraneantes inundaba las playas y toda la costa. Las carreteras llenas de coches. Los aparcamientos también.  La mar llena de motos acuáticas con locos conduciéndolas sin mirar que obstáculos o que es lo que hay delante de ellos, con el peligro que ello significa a la gran velocidad que van. Los barcos otro tanto o peor, conducidos por irresponsables que no miran lo que hay delante de la proa, solamente saben darle caña al motor y si matan a alguien, no será su problema.  Mover el coche y cargar con todo el equipo de pesca jugándosela a no encontrar sitio en la playa para aparcar era lo habitual y odioso en este maldito mes de agosto. Estaba deseando que terminase de una vez el verano para que toda la gente volviese a sus casas y dejase las playas tranquilas, al menos para que se pudiese circular, aparcar y poder vivir. Esos veraneantes son como una camisa de fuerza con el loco por fuera de aquella. Tanta gente me oprimía y me sentía atado de pies y manos. Sentía una camisa de fuerta que me obligaba a no sacar el coche.  No se sabe cuantos de aquellos veraneantes, ni que porcentaje entre tanta gente está de atar, pero apuesto a que no es bajo dicho porcentaje. Así que para no tener problemas lo ideal durante agosto sería no salir de pesca y esperar a septiembre que habrá menos gente.
Eché en saco roto mis propios consejos aquel día. El compañero de pesca ese día  había quedado en su casa. Tal vez había decidido no meterse a bucear para evitar todos los males descritos. Pero yo,  me encontraba sólo con mi colesterol muy alto. Había que rebajarlo buceando. Como no había quedado con nadie para pescar, podría meterme o no, hacerlo en un sitio o en otro, según la cosa se presentase. Si hubiese quedado con el compañero, tendría que ir a una hora en concreto y a un sitio también concertado, lo cual me quitaba libertad en estas fechas en donde lo imprevisto es la norma y por ello no vale prevenir ni hora ni lugar para bucear.
 Recordaba que otros años por estas fechas de noches de lluvia de estrellas o perseidas, había capturado algún mero de respetable tamaño. Así que busqué la hora de comer la gente, pensando que al marcharse me dejarían sitio para aparcar el coche. Así fue. Bajé a aquella cala y nadé unos dos kilómetros. Miraba antes de sumergirme si algún barco o moto se dirigía proa hacía mi. Toda precaución es poco con tanto irresponsable suelto y con ganas de matar a cualquiera de forma homicida. La mar es muy grande, uno como pescador submarino se encuentra bien señalizado y en un solo punto de la mar. Pero todos los barcos y todas las motos confluyen en ese punto. Malditos sean. Bucear así es un sin vivir. Y para mas inri, no se ve ni un pescado al agujero. Las rocas y grietas están desiertas. La temperatura del agua en superficie es de 27 grados. El traje de 3 mm tan comprimido que podría ser ya de un milímetro. Un chaleco de otro milímetro. Y dos kilos de plomo en el cinto. Resulta ideal bucear en verano con el agua tan cálida y con tan poco lastre. Pero los obstáculos descritos le quitan a uno las ganas de bucear, sobre todo en mitad de la mar, como era el caso aquel día.
La vi desde arriba. Vi aquella lecha, sin saber que especie era. Un gran pez que nadaba por el fondo a unos diez metros de profundidad. Bajé pensando que huiría espantada. Pero la lecha, sin dejar el fondo dio una vuelta alrededor mio, guardando la distancia. Esperando apuntarle bien, no tuve mas remedio que dispararle como fuese, porque se iba a alejando. El disparo le dio en la barriga encima de la aleta anal, Empezó a desgarrarse hasta llegar a la aleta. Tuve suerte, pues conseguí atraparla sin que escapase desgarrada del todo. De un tajo en la cabeza le di muerte. Cuando salí limpié la tripa que iba llena con dos pequeños dentones. No podía creer que aquel animal hubiese podido tragar por su boca unos peces que eran como mi mano de grandes. Por esa voracidad,  estos animales tiene bien ganado el título de depredadores.
 Antes de tomar una cerveza junto con dos latas de aceitunas, me comí el enorme corazón de la lecha crudo. No estaba malo. El sabor auténtico de la mar y del pescado concentrados en el músculo que impulsaba la sangre de la lecha era fuerte. .En un vídeo de hace muchos años, escuché  decir a un francés, cazador de meros enormes, que comerse el corazón de los peces o el hígado, era bueno para recuperar las sales minerales y sobre todo el agua perdida buceando.
No vi ningún  otro pez para dispararle. Salí del agua a las cinco horas de haber entrado. Al menos el colesterol habría bajado. Congelé la lecha al llegar a casa y me comí un plato de arroz a la cubana. Los huevos habían caducado hacía tres días. Antes de tirarlos aproveche dos de aquellos.