MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

viernes, 29 de abril de 2016

El mes de abril, el de las aguas mil, trajo pequeñas pesqueras, en las que había algunos salmonetes





 






 
El mes de abril tocaba a su fin. El agua del mar pasó desde  14 hasta 17,  grados. Y así seguiría hasta que llegase el cenit del verano. Las entradas al agua no duraban mas de 3 horas, mala mar, poca visibilidad, borrascas, algunas lluvias, todo me impedía poder bucear dedicando jornadas seguidas y durante largas horas de estancia dentro del agua, practicando la pesca submarina. A todo ello se añadía la escasez de pescado. Cuando el agua estaba en 15 grados, era habitual ver salmonetes, pero no en abundancia. Algunos superaban los 300 gramos. Algunos dentones esquivos de un kilo se veían a lo lejos, pero no entraban. También se veía alguna lubina que huían despavoridas. Asimismo algunos sargos de buen tamaño, y por supuesto muchos sargos chicos que iban en grupos. Los mújoles aprovechaban para comer algas en la red guía que llevaba hasta el barco señalizador de La Almadraba. Era muy difícil dispararles, pues, además de escabullidizos, ello suponía un peligro de enredo en las amplias mallas de la red, tanto del arpón y de su cuerda como del pez debatiéndose dando vueltas.
A pesar de todos los inconvenientes de abril, no podía quejarme, al menos había hecho un poco de deporte y había viajado unas 70 kilómetros para ver fondos submarinos distintos, aunque, igualmente, desiertos de pescado. Llegué hasta la costa de mi amigo Borriquete, del que rapté una lubina que luego le regalé, para paliar un poco el allanamiento de sus territorios  submarinos.  Junto a las rocas de los acantilados se empezaba a ver un alga que iba ganando cada vez mas extensión. Era un alga con forma de ramillete de textura muy áspera y rígida. Dudaba si podría ser la temida Caulerpa Taxifolia, que era un alga invasora y allí donde dominaba desaparecían otras algas y también los peces. Probablemente fuese un alga tóxica además de invasora.
La indumentaria del mes de abril, a pesar de que la temperatura estaba subiendo, era la misma y no me la quitaría hasta sentir calor, pues no estaba dispuesto a pasar frío. Un traje ya gastado de 7 mm, un chaleco con  mangas de mas de 25 años, pero que aún conservaba sus propiedades aislantes, dos chalecos mas sin mangas de 3 mm. En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomo, que para bajar a fondos de 12 metros los convertía en 5,5 kilos, quitando un kilo de plomo zafable.  Con 15 grados de temperatura del agua, la capucha ya comprimida me hacía pasar frío, así que me colocaba encima otra capucha suelta.
Esperemos que mayo traiga el clásico dentón de todos los años, o varios.

viernes, 4 de marzo de 2016

El cuarto berrugato huyó





Igual que la vez anterior, llevaba el mismo equipamiento, misma temperatura del agua misma fuerza y dirección del viento. El primer avistamiento fue una gran lubina solitaria de más de 7 kilos, que no se aproximó. El segundo fue un mero de unos 4 kilos que desapareció en lo más profundo de una gran cueva. Después capture un salmonete. Dispare a otro que escapó y unos metros más adelante lo encontrar muerto en el fondo, limitándose a recogerlo y comprobar que era mi salmonete, viendo sus vivos ojos y la herida en la cabeza del arpón. Después, bajo una gran roca, en un extremo entre la techumbre de la roca y la arena, casi encajonados, huyendo de mi, divisé cuatro corvinas de arena, o berrugatos. Difícilmente, por la estrechura del hueco entre las rocas vecinas, pude meter el arpón, apuntar y disparar al primer berrugato, igualmente con el segundo, que como el primero quedaron muertos en el acto, por la precisión de los disparos en la cabeza. No ocurrió así con el tercer, al que el disparo, aún cerca de la cabeza, no le fulminó. Antes de sacarlo se debatió. Por eso, tal vez, cuando baje a por el cuarto berrugato, este había aprendido una lección de supervivencia, algo así como una iluminación un extremis, que tal vez le hiciese pensar, al ver a su último compañero debatirse, que los anteriores no  le habían dejado sólo voluntaria y apaciblemente, sino atracados a la fuerza. Fue curioso ver a aquel  ultimo berrugato, que primero me miró con cara de susto, e inmediatamente, comenzó a excavar el fondo de arena con sus aletas pectorales, que a modo de palas, hicieron un pequeño túnel por el que a que inteligente pez escapó de una muerte certera. Aquel último berrugato se llevaría la historia del horror que vivió, observando como eran abatidos sus tres compañeros, y, tal vez, esa historia la trasmitiría a las  sus generaciones venideras de berrugatos. Sabiendo eso, no quería dejarle con vida, pero la inteligencia y los sentidos del berrugato le salvaron la vida, tal vez no sólo a el, sino también a sus descendientes.

El salmonete supertonico, de 378 gramos






El agua estaba entre 13 y 14 grados. Sólo estuve tres horas buceando. Llevaba el traje de 7 mm del pasado año, un chaleco de manga corta, con más de 25 años de antiguedad, biforrado y además dos chalecos más, sin mangas.  En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomos. El viento de fuerza 3 arreció del sur. No se veían nada más que pequeños sargos. No había nada bajo las piedras. Después de bajar unas casi 40 veces, vi aquel salmonete solitario. Desde la superficie en die,z metros de fondo se encontraba tranquilo y parecía grande. Baje apuntándole a su cabezota y dispare. Quedó clavado, pero se debatía, por lo que le agarre con la mano rápidamente. Fue entonces, cuando aprecie su tamaño. Era más gordo que mi muñeca y tenía una fuerza impresionante, a pesar de estar atravesado por la cabeza. Aquel salmonete me lo comi  y peso 378 gramos en la báscula de la cocina. Pura proteína marina para el estómago Aquel otro que capture años atrás, al que bautice como salmoneitor, había sido,creó, superado por este nuevo salmonete, al que bautizare como el salmonete superisotonico, porque del mar paso directamente a vena y era tres veces más grande que una lata de bebida isotónica.

viernes, 5 de febrero de 2016

El navío que me alejó de la mar











Aquel día pasé por la puerta de la tienda de artículos de pesca submarina y  no entré a comprar nada. Me limité a recoger unos cartones de envolver artículos de pesca, que acababan de dejar en la puerta. Había recibido el encargo de mi amiga de construirle un barco de cartón. El itinerario para la travesía de fabricar un barco  maqueta con cartón me llevó 14 días, dedicándole en ocasiones once horas al día. Una noche, después de acabar cansado, me preguntaba,  si merecía la pena acostarse a las cuatro de la madrugada, pegando cartones para dar forma a un navío de 28 cañones. Pero la decisión la tomé el día que recogí aquellos cartones. Después de casi diez días perdidos, dejando abandonada la pesca submarina, los deberes de la casa, y toda la vida diaria, no cabía volverse atrás, o por contra todo el tiempo empleado y la salud perdida, hubiese sido en balde. Trabajaba contra reloj, pues el barco había de estar terminado para la fiesta del cole de carnaval, en donde mi pequeña y chapucera obra sería arrastrada por las calles próximas al colegio, por unos marineros de seis años.
Aquello, de construir barcos en maqueta me gustaba, si quitaba  la tensión que  me estaba matando por la falta de ejercicio y el abandono de todo  en  casi medio mes, respecto de  las obligaciones diarias. La única obligación que me había propuesto era no hacer nada hasta no acabar aquel navío. Pensaba que si en vez de cartón fuese madera, la obra sería perfecta y mas fácil de moldear. Pero también pensé que al hacer la maqueta primero en cartón, eso me daría mayor experiencia,  para dentro de equis años hacer otra maqueta que tenía en mente, pero esta vez en  madera, y con la mayor precisión posible en la escala de medidas. Tal vez algún día haga el navío Víctory, aquel buque insignia de Nelson, en donde fue herido de muerte en la batalla de Trafalgar, por una bala disparada desde un  navío español. La simiente había sido sembrada, mis hijas me regalaron, hace unos años, los planos del navío  Víctory, pero aún no había comenzado,  ni siquiera,  a mirar aquellos planos, pues me había propuesto en mi jubilación, que primero tenía que hacer mucho ejercicio hasta hartarme  y recuperar la salud,  antes de  hacer trabajos de mayor dedicación en cuanto a  empleo de tiempo y sedentarismo.
Pero la labor de acabar la maqueta encargada por mi amiga, se me estaba ya empalagando. La última efeméride fue que, como no cabía en el ascensor, tuve que bajar con aquel barco ya terminado por las escaleras desde una altura de doce pisos, cargado de material y de bolsas, además de con el dichoso barco. Me fui a entregarlo estresado, porque veía que llegaba tarde. Pero cumplí mi promesa y el barco salió en el desfile de carnaval de aquel colegio, por la calle,  tirado por unos marineros de tan solo seis años, que tenían toda la vida por delante para embarcarse en aventuras marinas. Objetivo cumplido,  a costa de un poco de salud. La hipertensión me estaba matando. Pero tal vez había merecido la pena acabar el barco.
Ahora lejos de la obra, terminada y entregada, volveré a recuperar mi vida normal. Empezaré buceando, porque después de dos semanas en el dique seco, debería ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido alejado de la mar, mientras construía aquel navío de 28 cañones, al que bauticé como Nuestra Señora de los Ángeles.  

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Una chaqueta caliente, a medida, para Borriquete, porque para un traje no da el mojar la oreja





Aquel día, mi gran amigo el sabio Borriquete, no se iba a meter a bucear, pues pensaba ir a San Pedro a comprar una chaqueta calentita, porque es muy friolero. Esta es mi oportunidad, pensé, para mojar la oreja a Borriquete.
El agua estaba planchada. La temperatura continuaba en 17 grados. Chaqueta de 7 mm del año anterior. Dos chalecos de 3 mm ya gastados. Pantalón de 5 mm de este año. Cinco kilos y medio en el cinto de lastre. Entré al agua a las 13,30 y salí a las 17, 45 horas.
Empecé a ver corvinas grandes desde la superficie. Clavé tres que pesaban entre 1,200 y 900 gramos. Después vi un mero cuando estando abajo miraba una piedra en una profundidad de 12 metros. Estaba fuera de otra piedra próxima. Se escondió. Tuve que bajar muchas veces en una hora, para darme cuenta que estaba escondido e un lugar en forma de L, en donde solo veía la cola, pero no la cabeza. No podía dispararle de esa manera. Bajé muchas veces. El tiempo pasaba y no veía por donde dispararle. Bajé por última vez por el único lugar en donde no había bajado, pensando que no habría grieta alguna por la que ver al mero. Pero me había equivocado. Había una fina grieta, en donde primero se veía la cola, después el cuerpo y por último las aletas junto a la cabeza. Disparé rápidamente, sin pensarlo un poco mas arriba de la aleta, pensando que daría cerca de la cabeza. Después cogí un segundo fusil y disparé un poco mas arriba del primer disparo. El mero no se movía. Coloqué los boyarines sacameros en ambos fusiles, para que ejercieran tracción hacia arriba. Pero luego quité los boyarines, pues ejercían mucha tracción y me era imposible tirar de los arpones doblados por la fuerza elevadora de los boyarines flotantes a media agua. Cogí el gancho saca arpones y sacameros que me hizo mi amigo el sabio Borriquete, hará ya unos treinta años. Al ser de mas grosor que los arpones, intenté hacer tracción. Pero así estuve bajando e intentándolo durante una hora mas. Eran las 17 15 horas. El sol se iba a poner en quince minutos. Estaba desesperado, pues el mero no había quien lo sacase. Me di cuenta que tenía la boca abierta y ello impedía que saliese por el agujero de la grieta mas chico que la boca. Veía que el sol se ponía y perdía los dos arpones bien clavados y el mero ya muerto. Pero en uno de esos momentos de lucidez en la soledad de la mar, tuve la intuición que, tal vez si movía del fondo una roca grande, dejaría la grieta mas ancha y el mero podría salir. Imaginaba que en el agua el peso de una roca es la mitad que en la tierra. Así que me puse a mover la roca antes de ascender. Por fin lo conseguí, la roca la arranqué de su lugar y dejó la grieta abierta para poder sacar al mero. Subí a la superficie a respirar,  y al bajar por última vez, el mero salió perfectamente por el hueco que había dejado la roca.
Tenía el pobre animal los ojos desorbitados. El primer disparo le atravesó de ojo a ojo. El segundo le atravesó el morro por su parte superior de parte a parte. Por eso la boca la tenía abierta.
Una vez en superficie, le colgué del aro portapeces y le clavé el cuchillo daga entre la parte superior de los ojos, para atravesarle el cerebro y matarle totalmente, para que no sufriera mas.
No había tiempo que perder. En diez minutos dándole caña a las aletas alcancé la playa. El sol se estaba ocultando. Eran las 17, 45 horas. El mero solo pesaba dos kilos y trescientos gramos.
Inmediatamente le envié la foto al Sabio Borriquete, con el título chaqueta calentita para Borriquete.
Moraleja:  Si la mar esta hoy buena, Borriquete, no vayas a la tienda de San Pedro,   a comprar una chaqueta de neopreno caliente y metete en la mar a coger la cena, para que nadie te pueda, en un  brete, mojar la oreja . 

martes, 1 de diciembre de 2015

El día del pisete aflojado


 
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 18 horas. Cuatro horas de recuperación después de la intervención quirúrgica. El pisete aquel día no lo apreté como el día anterior, por lo que pequé de que se podría aflojar y salir del pito. Aguantó como pudo la cosa sin salirse y el pis fue evacuado fuera del traje. El agua estaba también en 17 grados, llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, un par de chalecos de menos de 3 mm y un pantalón de estreno de 5 mm., sin peto. En el cinto llevaba seis kilos y medio de plomos. No pasé frio, e iba bien lastrado.
Aquel día no se veían piezas respetables para dispararles. Solo había bancos de pescados chicos. Señalaban que el agua comenzaba a enfriarse. Solo divisé un salmonete al que asesté un arponazo en la cabeza. Pero como los salmonetes suelen olvidar que están muertos, aquel consiguió caer dentro de una grieta, de la que no pude sacarlo, a pesar de que le tocaba con la punta de los dedos de la mano. Pesaría 300 gramos el salmoneitor, pero allí se quedó, para la cena de otros peces, vacas, dentones, etc., quienes me pidieron con sus pequeños ojos, que se lo dejase para comer ellos, me querrían decir algo así como que, yo con 300 gramos de salmonete no iba ni a comer, pero ellos se lo iban a repartir e iban a comer para siete días. Así que, comprendí que aquel salmonete no iba a ser para mi, sino para aquellos pequeños peces hambrientos.
Ya de vuelta, cuando el sol amenazaba con ocultarse, divisé un  mero desde la superficie. Me miró desde abajo y en dos segundos desapareció bajo una cueva. Envió a su pareja, un mero chico, para que vigilase por los alrededores y para indicarle cuando me había marchado. Yo no hice caso al mero chico, pero estuve buscando al grande. Me costó dar con él. Pero, a duras penas, allá en el fondo de una cueva, le vi alumbrándome con el foco de la linterna, apenas asomaba la punta del hocico. Bajé otra vez, alineé el arpón en dirección a su ojo lejano. Apreté el gatillo y el mero cayó fulminado atravesado por encima del ojo un par de milímetros. Justo le atravesé el cerebro, por lo que quedó muerto en el acto. Después de sacarlo de la grieta sin dificultad, me di cuenta que no era muy grande. Pero ya estaba muerto, no podía devolverlo a la mar, para que otros peces se lo comiesen, si yo también tenía que comer. El mero pesó un kilo doscientos en la báscula, después de haberle sacado de la boca una sepia que no pudo vomitar por haber fallecido inmediatamente, ipso facto.
No tardé tiempo en enviarle la foto a mi amigo el sabio Borriquete para que se afilara los colmillos. Pero él a cambio me envió la foto de su gran pesquera de aquel día. El mero mío quedo mas pequeño todavía, comparada con aquella cuantiosa y cualitativa pesquera de Borriquete. Dicen que a la tercera va la vencida. Espero que el tercer día le moje la oreja a base de bien a Borriquete.

domingo, 29 de noviembre de 2015

El mero del día del pisete apretado





Llevaba ya dos meses en el dique seco. Una intervención quirúrgica me obligó a perderme los dos mejores meses del año para la pesca submarina, octubre y noviembre. Mi amigo el Sabio Borriquete, me hacía recuperarme rápido, cuando cada día me enviaba las grandes pesqueras que sacaba. Yo se lo agradecía mucho, porque incentivaba mi rápida recuperación, para un día llegar a mojarle la oreja. Pero me había puesto el listón muy alto. No obstante, yo no confiaba mucho en el resultado de la operación quirúrgica, pero si en mi tozudez para mojarle la oreja, antes o después a Borriquete.
Aquel día, entré al agua a las 15,30 horas y salí a las 17,30 horas. Sólo dos horas buceando. La causa era que, después de estar dos meses sin bucear, todo el equipo estaba sin estar a punto. Las boyas sin inflar. Los infladores perdidos. Tropecientos viajes de ascensor para bajar y preparar todo el equipo dentro del coche. Luego, que si aquí en este lugar no se puede bucear porque pega el oleaje de mar de fondo mucho. Cambio de lugar y empiezan las dudas. La mar no me es gratificante. Está jodida a rabiar. Pero, yo estoy rabiando por meterme para comprobar que la recuperación ha sido la adecuada y que puedo pescar.
Al final me metí. No pasé frio. El agua estaba en 17 grados. En el cinto cinco kilos y medio de plomos. Llevaba la chaqueta de 7 mm., comprada el año anterior. Dos chalecos de 3 mm, ya gastados. Un pantalón de 7 mm, que ahora tendría menos de 4 mm., al que había hecho un agujero hermético para meter el tubito del pisete,  recientemente fabricado por mi. Le metí alrededor del pisete dos tiras de welcro de doble cara bien apretadas. Además de una cinta de malla autoadhesiva. Tanto las apreté que tenía que hacer pis a trompicones. No había calculado que al hacer pis, el diámetro del pito aumenta. No obstante, pude desenvolverme bien. Con mucha cautela para no joderme la cicatriz interna de la intervención quirúrgica. Este día había marcado un hito. Era la primera vez en mis 33 años de pescador submarino,  en que, gracias al pisete, no hice pis dentro del traje. El pis salía por el tubito del pisete fuera del traje. Estaba alucinando. El olor del traje y del cuerpo, después de la jornada de pesca, ya no era de pis o amoniaco, sino a gel de ducha. El mismo gel con el que se riega el traje por dentro antes de ponérselo para que resbale el neopreno microporoso interior.
Vi un mero, pero después de bajar varias veces por la zona en donde se podría haber escondido, no logré encontrarlo.
Después vi otro, acompañado de un   mero mas chico. Me dio un poco de pena matar al grande y dejar al pequeño sin pareja o huérfano. Pero, pensé que Borriquete no hubiese reparado en tales detalles. Así que bajé y el mero estaba allí a lo lejos de la cueva. Le apunté a un ojo y disparé. El animal fue atravesado desde el ojo hasta la cola. Tuve que apretar el arpón, una vez soltado el hilo, para sacarlo por la cola y de esa forma poder sacar el arpón con el hilo de la manera mas sencilla. El mero pesó un kilo y 900 gramos. Pensaba que pesaría mas de dos kilos. Pero la falta de habitualidad en este deporte, me hizo sobrevalorar el peso del animal. No importa, a Borriquete le iba a dar un pequeño disgusto de aperitivo. La comida y la cena vendrán en días posteriores. Hoy ya me consideraba agraciado, pues había cubierto tres objetivos, hacer deporte, comprobar que la recuperación había sido la correcta, y coger un mero. Todo ello en tan solo dos horas, cuando lo normal es que nunca esté en el agua menos de cinco horas.