MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

martes, 7 de junio de 2016

El día que estrené máscara perdida salí con el aro portapeces vacio. Solo un mero fotogénico vi aquel día



 
 






La mar tenía un oleaje de levante de medio metro, o mas, de altura. Había previsión de levante de fuerza 3 de beafourt. No obstante me metí a bucear. Pensé que por lo menos tendría que aguantar una hora, para hacer un poco de ejercicio. Pero el vaivén de las olas me hacía sentir mareado y daba la sensación que ese día iba a echar el hígado. Aguanté la primera hora, nadando contra la corriente, para que a la vuelta me fuese favorable el regreso con la corriente a favor. Aguanté otra segunda hora y así hasta cinco horas y media luchando contra una corriente y una mar de fondo que hacía una fuerza contra todo lo sumergido, incluyendo al buceador.
Vi dos espetones, a los que,  incomprensiblemente, no conseguí acertar con el arpón en dos ocasiones.
Después, poco antes de iniciar el retorno, en la misma piedra que un año antes lo había visto, estaba el mismo mero. Pesaría un kilo. Guardé el fusil en lugar seguro y eché mano de la cámara fotográfica. El mero se dejaba fotografiar a regañadientes. En las últimas tomas se cabreaba y se marchaba sin dejar tomar la instantánea.
Las gafas que me encontré días antes, previamente desinfectadas y bien lavadas, eran una maravilla. Por su reducidísimo volumen interno, hacían que me sobrase aire en los pulmones para que la apnea durase mas y me cansaba menos. No solo eso, también ofrecían menos resistencia tanto en los descensos como en las ascensiones, incluso en superficie, con lo que los movimientos eran mas rápidos y mas seguros, pudiendo así economizar aire y tiempo.
El agua, en superficie, estaba en 22 grados. Tenía un ligero turbión por encima, debido, principalmente,  a la alta temperatura que hacía descomponerse el plancton, pero también debido a la mar de fondo que removía todo el lecho marino. Mismo equipamiento que el día anterior, con cuatro kilos de lastre en el cinto.

lunes, 6 de junio de 2016

El día de la noche mas calurosa capturé la corvina angustiofila



Con el ánimo de estar buceando hasta la puesta del sol, me metí en el agua a las 15 horas. Tenía unos leves retortijones de vientre, y un poco de nauseas, probablemente consecuencia de la mala alimentación que llevaba durante los últimos cuatro días en que estuve pescando consecutivamente. Dos comidas al día, desayuno y cena, teniendo en cuenta que el desayuno era abundantemente de frutos secos, fruta y kéfir, mientras la comida a base de pescado y guacamole picante. Sea como fuere, aguanté el malestar, pues la mar estaba planchada y la temperatura del agua era ideal, 21 grados centígrados. Llevaba el mismo equipamiento que los dos días anteriores, solo que esta vez me dejé en el cinto tan solo 4 kilos de plomo y bajaba bien a fondos de menos de diez metros. Probablemente la escasa comida y el ejercicio diario de la pescasubmarina, me había dado una acuaticidad exagerada que me hacía necesitar menos kilos de lastre.
No bajé muchas veces solo unas 87. Mientras que el día anterior bajé 106. También estuve una hora menos buceando que el día anterior. Ya estaba aburrido y no se veía pescado, mientras la sensación de nauseas y retortijones no había cesado. Ya había cubierto la jornada con dos corvinas medianas, un salmonete, y al final, a las 20 horas, me encontré el premio al aguante físico, por medio de una corvina grandota. Al final pesó en la báscula de la cocina 1.194 gramos. Era una corvina con mucha fuerza, pues después de haberle disparado atravesándola por detrás de las agallas, sacándole el hígado, tiraba de mi bajo el agua con una energía que ya la quisiera yo aquel día, a esas horas. Terminé clavándole la daga en la cabeza para matarla y que no sufriera el animal, y con ello no produjera ácido láctico, con lo cual la carne hubiera esta mala. El sufrimiento del animal antes de morir, hace mala la carne del pescado.
Cuando llegué a casa, comí a las 23 horas la segunda comida del día. Tostas de guacamole, salmón, queso, tomate y aceitunas. De postre sandia. Me puse las botas, pero esta vez no de salmonetes.

domingo, 5 de junio de 2016

El día que murió Cassius Clay

 
 
 








Con la muerte de Cassius Clay, había muerto un ídolo de nuestra generación. Paradojas de la vida, siendo un gran deportista, murió poco a poco, desde una edad joven cuando solo tenía 40 y pocos años. Ese deporte que tanto me gustaba de pequeño,  mucho mas viendo la forma de boxear de Cassius Clay,  era una fuente cuya agua mataba a quienes lo practicaban. Unos morirían por K.O. en la lona, otros lentamente con el transcurso de los años y pocos llegaban a viejos con salud. Curiosamente, otros que nunca practicaron deporte alguno, vivieron con calidad de vida hasta casi los cien años, por ejemplo Winston Churchil. Según aquel la calidad de vida que tenía a una edad tan avanzada se la debía al deporte. Cuando le preguntaron a qué deporte, él contestó que gracias a que nunca practicó ninguno.
Aquel día en que el agua estaba entre 20 y 21 grados, era agradable bucear. El anticiclón dejaba la mar hecha un mar de plata tranquilo. Mismo equipamiento que el día anterior. No se veía pescado, por lo que me colgué del brazo la Canon y comencé a disparar a las esponjas marinas. Alguien me pregunto antes de meterme si en esa zona había esponjas marinas. No las he visto, le contesté. Pero fijándome, divisé varias. En casi todas las piedras había esponjas. Eso si, de poco tamaño. Las había también negras. Tal vez el tamaño se debiera a la contaminación del agua.
Estuve 6 horas buceando. Era ya el cuarto día consecutivo que buceaba. Los días anteriores solo estuve 5 horas cada día. Hoy había bajado 106 veces. Poco pescado. Una dorada a la que le reventé el ojo al dispararle desde arriba, escondida entre dos piedras con algas. Luego un salmonete de casi 400 gramos. Otra corvina grande que la alcancé al atardecer dentro de su cueva, detrás de un sargo gordo. El tiro de la corvina fue adivinatorio. Solo se veía un resplandor dorado detrás del sargo. Apunté aproximadamente, y la clavé en el ojo. Lo demás todo poco y morralla, para comer.
Cuando salí regalé la pesquera al dueño de la cochera en donde guardo la barca rota, el kayak y la bicicleta. No me había subido el alquiler en 5 años y algunas veces me había regalado calamares. Ahora que no sacaba su barco, le vendría bien comer pescado fresco.

jueves, 2 de junio de 2016

La doncella que hizo un mal contrato de limpieza


 
Me dolía el estómago aquel día. Sentía nauseas desde que entré al agua hasta que llegué a casa y comí. Seguramente la comida del día anterior fue poca y hoy estaba en baja forma. Sea lo que fuere, aguanté 5 horas dándole a las largas aletas sin ver pescado de consideración en cuanto a tamaño. Pocos salmonetes, y fallé muchos disparos, sobre todo en las últimas horas, en las que el estómago me estaba atormentando. No obstante, aún sin ver al banco de magres habitual en la zona y tampoco a los grandes depredadores, si que capturé algunos salmonetes. El agua estaba en 19 grados, me había puesto los dos chalecos y el traje de 5 mm sin peto. En el cinto solo llevaba 4,5 kilos de plomos.
Todo sucedía como siempre, me posicionaba en la vertical de la superficie del agua, sobre un fondo de unos 10 metros, sobre el salmonete o grupo de salmonetes que divisaba desde arriba, después daba el golpe de riñón, hacía las mínimas maniobras de wasalva, para no asustar con las ondas del eco a los salmonetes posados sobre el fondo, apuntaba a la cabeza del salmonete, este a veces se movía huyendo rápido, otras mas despacio y otras no se percataba de que sobre su cabeza a unos metros de distancia había un arpón apuntándole.
Así iba trascurriendo la jornada, el agua estaba muy transparente, el viento de levante no levantaba olas, pero había una mar de fondo, que mareaba. Según el pronostico de meteorología náutica, la mar de fondo era de cerca de medio metro.
Divisé a aquel salmonete desde la superficie. Mientras me ventilaba preparándome para bajar al fondo, vi que una doncella se dirigía cara a cara hacía el salmonete. Entablaron una conversación rápida. Yo pensaba que,  si aprovechaba el momento en el que el salmonete estaba hablando o negociando con el pez doncella, probablemente un servicio de masaje y limpieza, si descendia yo en ese momento de entretenimiento, tal vez el salmonete no me sintiría acercarme y podría capturarlo sin que se moviese. Dí el golpe de riñón, el salmonete estaba negociando con el pez doncella su limpieza y masaje. Me fui acercando mientras apuntaba con el arpón a la cabeza del salmonete, apreté el gatillo, sin darme cuenta que la doncella había concluido el negocio del servicio de limpieza con el salmonete, y estando de acuerdo los dos, ella se colocaba sobre la cabeza del salmonete para iniciar el servicio de limpieza. El arpón, parecía guiado por laser, no podía fallar, atravesó la cabeza del salmonete, pero la doncella también fue atravesada en la cabeza y cayó muerta junto al salmonete. Cogí el salmonete y después a la pequeña doncella, solo para ilustrar la historia, con un mensaje a modo de refrán: -Feliz y servil doncella, antes de hacer un negocio con alguien que va a morir, retírate a tiempo para que sigas siendo feliz y no mueras por llegar a un acuerdo que ya no podrás cumplir porque también habrás muerto-.
Luego vi al pulpo hembra, que días atrás estaba copulando con el macho. Estaba en su cueva, no había comido, ni salido en varios días, pues la puerta de la cueva estaba como si nadie hubiese entrado ni salido en varios días. Estaba allí la enorme hembra de pulpo incubando sus huevos y dándoles oxigeno con su cuerpo bombeando agua constantemente. No abandonaría la cueva, mientras tuviese que cumplir su misión de madre. Ni siquiera la abandonaría para buscar alimento. Así que la dejé tranquila hacer su función reproductora en beneficio del ecosistema y me marché de allí, pensando lo ricos que están los pulpos asados en el horno.  

martes, 31 de mayo de 2016

Los magres del olvido





Aquel día olvidé el reloj de apnea. No podría saber el tiempo de recuperación en superficie, ni la temperatura del agua. Pero no iba a volver para recogerlo porque era ya tarde. Al llegar a la playa, me di cuenta que también había olvidado la plancha hinchable. Ello me impediría avanzar con rapidez, pues al llevar colgado en la boya torpedo todo el material, incluida una malla conteniendo múltiples cosas, eso me hacia de ancla flotante y me frenaba el avance con las aletas. No obstante, decidí meterme. Tampoco podría llevar la bolsa nevera encima de la plancha, con lo que tendría que meter las barritas y la bebida en la malla, la cual ofrecería aún mayor resistencia al avance. Luego, olvidé ponerme uno de los chalecos, cosa que unido a que probablemente la temperatura del agua estuviese mas fría que otros días, me hizo sentir incómodo con un pelín de frio en la espalda, a pesar de que llevaba otro chaleco y el traje de 5 mm. En el cinto me puse 4,5 kilos de plomos. Deduje que el agua estaría entre 18 y 19 grados.
Antes de rebasar la punta, me vinieron a saludar en un banco, unos magres, o herreras de 612 gramos cada una. Yo les devolví el saludo de la forma mas salvaje, clavando una de ellas, mientras las demás emprendían la huida. Después, a pesar de la rémora del equipo colgado en la boya, avancé demasiado deprisa, pues no había salmonetes como otros días y no me entretuve mucho. Clavé solo dos pequeños salmonetes.
Volví al otro lado de la enorme bahía, buscando unas rocas. Allí no había nada. Pero al bajar a una de las piedras, en donde años atrás vi un mero. Casualidad, o piedra merera, allí había otro mero que me daba la silueta del morro de perfil. El resto del cuerpo escondido. Mientras redireccionaba el fusil, el mero se escondió sin darme tiempo a dispararle. Ya no le vi mas.
Cuando ya me iba a recoger, de repente, un pequeño banco de salpas, se metieron debajo mío velozmente huyendo de algún depredador. Efectivamente, pude verlo, era un gran dentón con las rayas verticales marcando su cuerpo, como traje de camuflaje del buen cazador. Venía persiguiendo a las salpas, desde abajo, como ellos suelen cazar, y las salpas se venían para arriba buscando el cobijo de mi cuerpo. El dentón me vio y velozmente frenó, dio media vuelta y desapareció.
Quise antes de salir, ir al lugar en donde había visto los magres y volví a encontrarlos. Me dirigí hacía el banco, eran muy grandes, y emprendían una huida lenta. Pero viendo que les perseguía, decidieron venir bajo mi cuerpo a toda velocidad. No me daba tiempo a apuntarle, pero al final fijé el arpón en uno y apreté el gatillo alcanzándole con el disparo. Ambos magres pesaron cada uno, exactamente 612 gramos. Me comí uno de ellos asado. Tenía hueva.
El día anterior, en el mismo lugar, al atardecer, vi a otros depredadores, unas lechas enormes, pesarían unos diez kilos cada una, iban veloces  como leopardos persiguiendo al banco de magres, que vinieron a refugiarse bajo mi cuerpo, mientras las lechas, al divisarme emprendieron la huida veloces también. Asimismo, el banco de magres sufrió el acoso de otro depredador, un dentón grande, misma historia, banco de magres que se refugia bajo mi silueta, y el dentón al verme huye.
Hoy he encontrado junto al acantilado el cadáver de un dentón grande. Tal vez, algún depredador mas grande que él le había atacado, arrancándole un trozo de su carne.
Al final me he pegado un atracón comiendo tres marineras, guacamole, queso azul, el magre, un tercio de cerveza y una naranja.

jueves, 19 de mayo de 2016

LOS SALMONETES ERAN FANS DE LA CHICA NUDISTA DEL ACANTILADO.







El anticiclón se extendía inmisericorde por toda la península. Y, a pesar de que daban pronostico de levante fuerza 4, con el anticiclón la mar estaba hecha un plato. No obstante me fui a un lugar resguardado un poco del levante. Tiré para el lado derecho donde el monte deja caer acantilados que penetran a varios metros en la mar. Allí, al cabo de nadar un buen trecho, divisé una chica nudista sobre unas rocas bajo el acantilado. Pero no le presté mayor atención, habida cuenta que  no daba abasto a disparar a tanto salmonete. Por si fuera poco, un bando de magres, o herreras, de medio kilo cada uno, se me acercó rodeándome por todos lados. Disparé a uno y un poco cautos se alejaron un poco. Volví a aproximarme al banco de magres que estaban en celo y clavé otro, pero se me desclavó. Una tercera vez conseguí acercarme y disparar, pero esta vez, la última, no acerté a ningún magre y desaparecieron en las lejanas aguas. Cualquiera hubiera pensado que tanto los salmonetes como los magres, eran fans de aquella chica nudista, porque estaban embobados y se dejaban cazar, cosa extraña en los salmonetes y en los magres.
Volví por el trayecto mas corto en línea recta al otro lado de la cala. En ese lugar, donde habitualmente había otros días mas salmonetes, esta vez no se veían. El sol se iba a ocultar en una hora. Ya llevaba 5 horas buceando. Decidí volver y salir. Por el trayecto me encontré dos pulpos copulando. Eran de buen tamaño, pero no me atreví a romper su luna de  miel, habida cuenta de que el mas grande tenía metida una de sus patas, imagino cual, en el cuerpo de la hembra, que estaba en la cueva. Es curioso que el pulpo con 8 patas, tenga una adecuada para el menester de la reproducción. Los pulpos, me agradecieron con sus ojos, cuando me alejé de allí, dejándoles tranquilos hacer su faena reproductiva. De  vuelta, aún  me topé con varios salmonetes que fui clavando.
El agua, aquel día estaba en 19 grados. Llevaba el traje del año pasado de 7 mm, ya muy comprimido, con dos chalecos de 3  mm., también comprimidos. En el cinto solo llevaba 4,5 kilos de plomo, lo que daba fe de lo comprimido del traje, que de haber estado nuevo, necesitaría 8 kilos de plomos. Por lo que deduje que se había comprimido, reduciendo su grosor a la mitad.
Cuando llegué a casa, pesé el pescado. Resultado 1,727 gramos de salmonetes que fueron al congelador repartidos en 4 bolsas. Y el magre de 351 gramos que pasó directamente a mi estómago, después de 7 minutos de microondas, un chorro de limón y aceite.

sábado, 14 de mayo de 2016

La dorada que me salvó del revoltijo. O, el quinto fusil de la suerte.



Ya llevaba dos días comiendo revoltijo de espárragos, ajetes, champiñones, huevos y jamón. Aquello, a pesar de ser sana fibra para el organismo, a mi me sentaba muy mal, pues los gases y la barriga hinchada, me hacía sentirme un globo. Por eso preparé una larga lista para comprar, entre otras cosas pescado, y dejar la tercera ración de revoltijo en el frigorífico para otro día, dejando al estómago descansar de tanta cosa sana pero indigesta.
Me dediqué a preparar los fusiles y ponerles gomas nuevas, quitar obstrucciones y encasquillamientos y por último recuperar un quinto fusil de 85 mm, que me encontré un día, para poder tener un arsenal infalible y puesto a punto, por si se presentaba el mero de mi vida, un día de estos que el agua empieza a calentarse.
Entré al agua a las 14,30 y terminé de bucear a las 20,30. En total seis horas en las que bajé 80 veces a mirar bajo las piedras. Poco movimiento de pescado. A las dos horas estaba congelado, a pesar de que me puse la capucha de repuesto encima de la del traje. El agua en 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm del año anterior, ya tan comprimido, que solo utilicé en el cinto 5,5 kilos de plomos. En el pecho llevaba dos chalecos ya comprimidos, que en origen eran de 3 mm. Al final se  me quitó el frio, desde que comencé a nadar rápidamente haciendo millas.
La primera captura fue una dorada. La vi bajo la cueva. Solo asomaba la punta de la cabeza. Estaba estática. Pensé que era un sargo gordo. Apunté y disparé certeramente. La dorada fue colgada en el aro sin dificultad. Luego vi un mero en el fondo de la cueva, cuando reaccioné para dispararle, el mero se me puso delante del arpón, sin  yo darme cuenta. Viendo que tenía un tamaño considerable disparé. Luego me di cuenta que no era tan grande, pero le había atravesado desde la cabeza a la cola y la herida era mortal, no podía sobrevivir. Así que le rematé con la daga y para el aro. Luego dos corvinas, algunos salmonetes y un sargo.
Cuando llegué a la playa pesé la dorada y el mero. Pesaban, respectivamente 600 gramos y 1,250 gramos. Pensé que el mero se había suicidado. De haber sabido su tamaño desde el principio, no le hubiese disparado. Pero las cuevas, juegan una mala pasada en eso de calcular el tamaño de un pez. Todo depende del tamaño de la cueva y de lo lejano o cercano que se halle el pez. Mas difícil, cuando habitualmente no se pescan meros.
Cuando llegué a casa, me felicité, por fin podría descansar de comer revoltijo, hoy tocaba dorada salvaje, que me sentaría gastronómicamente muy bien. La dorada me había salvado de comer revoltijo tres días seguidos. La comí asada en el microondas durante 8 minutos, con unos granos de sal gorda por encima. Luego de limpiar la carne asada de escamas y espinas, le eché unas gotas de limón y un poco de aceite de sofreír los ajetes, los espárragos y los champiñones. Pensé que si yo no comía revoltijo, porque me sentaba mal, tal vez a la dorada le sentaría bien la esencia del revoltijo convertida en aceite de sofreír. Acerté, pues de esta forma, la dorada estaba exquisita.
Por otro lado, la incorporación del quinto fusil al arsenal de mi boya, me había traído suerte.