MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

sábado, 4 de abril de 2015

Cerca de la Bruja había dos rusos incombustibles, un mero y un calamar.


                           

                           
Buscando un lugar al abrigo del viento del nordeste, elegimos los acantilados de Portmán, protegidos por el Cabo Negrete, en cuya punta la erosión del viento ha tallado en una roca la esfinge de una bruja con sombrero y todo. Por eso a aquel lugar le llaman La Bruja.
La temperatura del agua era de 15 grados. Comenzamos a bucear a las 14 horas y a las cinco de la tarde tenía las manos congeladas. Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto, con dos chalecos y 6,5 kilos en el cinto. 
Fue a esa hora, las cinco de la tarde, cuando nos cruzamos con dos buceadores que retornaban. Llevaban colgados del aro algunos peces chicos, corvinas, mújoles y algunas maragotas de colores. Volvían pescando a muy poco fondo. Nos dijeron que llevaban desde las siete de la mañana buceando. Es decir a las cinco de la tarde ya llevaban diez horas pescando en esas aguas tan frías  y además nos dijeron, con un acento ruso, que no tenían frío. Lógico, si eran de Rusia, los quince grados del agua, debería ser para ellos, como para nosotros los veintisiete grados que el mar tiene en verano. 
Viendo que a catorce metros en las rocas no se veía vida, opté por acercarme a la orilla como los rusos, porque allí el agua estaba en 16 grados y probablemente habría mas pescado. 
Baje a una roca que estaba en cinco metros de profundidad. Allí descubrí un  mero de unos dos kilos. Estuve bajando muchas veces, para ver si se ponía a tiro. Pero apenas se dejaba ver. Desperdicié las dos primeras veces en que si podía haberle disparado, pero perdí el tiempo calculando su tamaño. Al final mi compañero se atrevió a dispararle, pero el mero fue mas hábil y no pudo clavarlo.
En una de las bajadas, cuando ya estaba subiendo a la superficie, vi un calamar  de unos dos palmos de longitud. Le apunté y lo clavé. Es curioso encontrar calamares cerca de la orilla, pero a veces sucede. Recuerdo aquel día en diciembre de hace varios años, cuando capturé dos calamares que pesaban cada uno dos kilos. La pluma de aquellos calamares era como mi brazo de larga. Igualmente mi amigo Alfonso, ha capturado en varias ocasiones calamares de dos kilos, como el que se ve en la foto propiedad de mi amigo, a quien pediré  permiso para colgarla en este blog.

Salimos a las veinte horas. Estuvimos buceando solo 6 horas, cuatro menos que los rusos. Desapareciendo el frío cuando tomamos unas barritas energéticas y una bebida isotónica. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Animales submarinos de 4 ojos en el mes de abril











Harto ya de que el tiempo me tuviese acobardado durante 3 largos meses, en los que sólo pude bucear 4 días, y en los que no pude disparar ni un solo tiro, porque no había pescado, me decidí a echarle valor, hacer 60 kilómetros, sacar el kayak con todos los accesorios que lleva y a una hora mas bien tardía, poner rumbo con el equipo de pesca submarina hacía La Azohía. 
El viento de levante no daba otra alternativa, o quedarme en casa como he hecho durante esos tres malditos meses, o jugármela haciendo kilómetros, y terminar comiendo a las doce de la noche. 
Llegué a la Azohía a las 14 horas. A las 16 horas me encontraba ya buceando. Había recorrido con el kayak unos dos kilómetros. El agua estaba a 14 grados, dos grados menos que el día anterior en La Manga. También estaba turbia y el fuerte viento de levante de fuerza 4 hacía imposible avanzar mas de dos kilómetros, pues el oleaje era desagradable. Aquel lugar que era el único a cubierto del levante, y si me descuido ni allí se podía bucear. Maldito año de temporales y borrascas. Me encanta maldecir como a los viejos lobos de mar. Aunque yo de lobo de mar no tengo nada. 
Llevaba el traje de 7 mm, sin peto, nuevo comprado en diciembre. 6 kilos y medio en el cinto me hacían bajar bien. No se veía pescado, solo algunos sargos chicos.
Baje a aquella piedra donde a veces he visto meros, corvinas y brótolas. Pero la piedra estaba a 14 metros de profundidad completamente desierta. Decidí volver hacía donde tenía el kayak amarrado.
Pero la fuerte corriente y las medusas y animales de la familia de las medusas en forma de gusanos gigantescos llenos de puntos y pelos urticantes, me hicieron salir del agua cuando llevaba tres horas buceando infructuosamente. No disparé ni un tiro. 
Había animales submarinos raros. Aquella medusa con cuatro ojos, era como una invasión. Eran muchas. Y esos gusanos enormes también abundaban. Vi una especie de gusanos minúsculos llenos de anillos que segregaban un líquido de varios colores, que con el sol brillaba. Imaginé que era veneno urticante. Ni siquiera me atreví a coger la cámara y fotografiar aquellos seres tan extraños. 
En realidad solo quería probar la sonda, regalo de mis compas, y el nuevo timón reparado.
El objetivo había sido cumplido, terminé de comer a los doce y media de la noche. Pero estaba harto de tanta y tanta borrasca y decidí echarle huevos al día, largándome al quinto carajo y llevándome el kayak, con todo lo que ello supone, en pérdida de tiempo.







domingo, 8 de marzo de 2015

Buscando pecios de barcos hundidos con la sonda de mis compañeros regalo de jubilación.











Aquel sábado de marzo, habíamos convenido mi compa de pescasubmarina y yo, sacar el kayak con las sondas, para localizar un pecio hundido alejado unos seis kilómetros del faro de Navidad.
Después de cargar con los kayak, con  todo el tiempo que ello requiere, para no olvidarse de nada, llegamos al lugar en donde debíamos aparcar los coches para poder botar los kayak por la rampa. 
El primer obstáculo era que no había lugar para aparcar. Habían abierto un restaurante en aquel lugar y la falta de aparcamientos dificultaba nuestros objetivos, por la cantidad de coches que había. Pero no desistimos, esperamos hasta encontrar dos sitios libres y comenzamos a preparar los equipos, botamos los kayak, y comenzamos a navegar.
A pesar de las previsiones de buena mar de fuerza 2 con viento del sur, aquello era una fuerza tres de Beafour, y el viento era muy frío a pesar de venir del sur. Habían empezado a aparecer borregos en la mar, estaba muy turbia y el viento dificultaba el avance de los kayak. 
Pero al cabo de una hora larga llegamos a donde se suponía que estaba el pecio. Pasamos con las sondas rastreando el fondo. Y allí aparecía una estructura de barco hundido y reposando en un fondo de entre 15 y 22 metros. 
Dejamos aquel pecio y comenzamos a navegar para buscar el segundo que estaba alejado de aquel unos 800  metros. También lo pudimos localizar por el GPS. El barco estaba en un fondo de 12 metros, y en  la sonda se veían multitud de cabos que emergían de aquel barco, probablemente las redes de algún pesquero. 
No buceamos aquel día, porque el viento barría con  mucha fuerza el lugar y la mar estaba tan turbia que la visibilidad ni siquiera era de 5 metros. Las aguas tan frías nos hicieron desistir.
No obstante la sonda marcaba 14 grados en superficie, lo que significaba que la primavera en la mar comenzaba, pues había subido un grado desde la semana anterior. Y a partir de ahora solo continuaría subiendo mas grados.
Abandonamos el lugar después de comer unas barritas en una playa cercana, y llegamos de nuevo a la rampa, sacamos los kayak, y recogimos los equipos. 
Al final nos tiramos seis largas horas aguantando un frío viento del sur, subidos y remando en los kayak.
La sonda se portó bien, pero al final comencé a tocarle teclas y la fastidié. 
No obstante, había conseguido aquel día, probar la sonda, después de casi tres meses esperando que la mar me dejara o diera la oportunidad de hacerlo.
Mi compa juró que a aquel lugar no volvería mas. Pero todo es cuestión de estar psicológicamente preparado para superar todos los obstáculos. Si mentalmente los superamos, los obstáculos físicos no tienen fundamento.
El chubasquero me jugó una mala pasada, pues la cremallera se rompió, con lo que los rociones del agua fría me mojaban el pecho, cubierto solo por un chaleco de neopreno que se iba enfriando.
Por la noche, me dolía la cabeza, me tomé una aspirina, y viendo que la tensión me había subido,  me coloqué una pastilla debajo de la lengua. A la hora, me había desparecido el dolor de cabeza y la tensión. Cuando me levanté, me di cuenta que la pastilla de la tensión había caducado hacía ya cuatro años. Sabia es la naturaleza humana pensé. Pues si la pastilla había caducado y la tensión me había bajado, tal vez la pastilla solo hizo de placebo y  me había curado de una forma psicológica. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

La nueva sonda y la niebla








Llevaba ya dos meses sin poder salir a bucear por culpa de la mala mar. Lo que estaba ocurriendo este año, no me había pasado en 33 años que llevo practicando el deporte de la pesca submarina. 
Precisamente ahora que tenía todos los días para poder practicar dicho deporte, las circunstancias me lo habían impedido. Por eso, aquel día que anunciaban buena mar, no lo pensé y salí con el kayak y la nueva sonda que mis compañeros me habían regalado por mi jubilación. Aún no había tenido oportunidad de probarla desde hace mas de dos meses que dispongo de ella. 
Pero, algo con lo que no había contado se presentó de golpe, era una espesa y densa niebla baja que resultaba peligrosa para practicar la pesca submarina alejado a un kilómetro de la costa, como yo pretendía hacer aquel día. No obstante, me metí con el kayak. 
Pero otra mala jugarreta, esta vez me la jugó la sonda. No me había leído bien o no había memorizado bien, como se graduaba la retroiluminación de la sonda. Así que no se veía nada en la pantalla. Estaba oscura y no podía probarla. 
El agua de la mar estaba muy fría, 13 grados centígrados. Además estaba muy turbia, había una visibilidad muy mala, tan sólo de unos cinco o siete metros. Apenas se divisaba difuminado el fondo. 
Bajé e hice algunas esperas, pero no se veía pescado alguno. Tan solo bancos de obladas y algunos sargos chicos. 
Pensando que el objetivo para el que me había metido a bucear aquel día no lo podría cumplir, recogí y até bien el equipo en el kayak y volví, antes de que la niebla se volviese mas espesa y me impidiese regresar al punto de partida. Cosa improbable, pues llevaba el gps y una brújula. Pero era mayor el temor de que alguna embarcación me abordase, dada la niebla.
Efectivamente, cuando regresaba alguna embarcación pasaba por aquel lugar a una velocidad que no hubieran podido verme. 
A veces, son las circunstancias las que mandan, y a uno solo le queda ser prudente y dejarse llevar por aquellas.
Como los males vienen en cascada unos detrás de otros, al día siguiente me levanté con un lumbago que apenas podía moverme. Era lógico, el ejercicio de levantar y colocar el kayak en la baca del coche, y los golpes de riñón con el cinto de plomos para sumergirme, después de dos largos meses sin practicar este deporte, hicieron que el lumbago hiciese su aparición. A perro flaco, todo son pulgas.
Como al día siguiente continuaba la niebla, y había leído en la prensa que en la playa de Fatares en Cartagena, un barco de 8 metros se había hundido, al acercarse el patrón a la costa para evitar la niebla, me disuadió dicha noticia de sacar de nuevo el kayak y de practicar la pesca submarina. Ya sólo me quedaba como alternativa sacar la bici, por el carril bici, con la máxima de las precauciones. El coche no lo quería tocar, por si alguien le daba por detrás circulando. Pero en casa no me iba a quedar, maldita sea. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Salmoneitor 600






El agua en estas fechas del año, aún no estaba tan fría como otros años. Los 16 grados centígrados y el día bueno de sol con anticiclón y mar calmada hacía de la pesca submarina una actividad agradable. Sobre todo si, a los que nos nos gusta madrugar, entramos al agua a las 13 horas de la tarde. Llevaba el pantalón nuevo de 7 mm, sin peto, y dos chalecos de unos dos centímetros cada uno en el pecho. En el cinto tan solo 6,5 kilogramos. Había prescindido ese día del chaleco de plomos, pues, no era efectivo, ya que ofrecía resistencia al agua en las subidas y bajadas, haciéndome perder mucho tiempo y energía. A fin de cuentas en el chaleco solo llevaba 800 gramos efectivos de plomo, pues aúnque llevaba otras dos pastillas de 800 gramos cada una, estas eran necesarias para compensar la propia flotabilidad del chaleco, con lo que resultaban neutras. Con chaleco llevaba tres pastillas de 800 gramos en este, y en el cinto cuatro kilos  o cuatro kilos  y medio de plomo. Pensé que la efectividad en las bajadas y subidas, el ahorro de tiempo, y el poco plomo que debía ponerme en el cinto, hacían imprescindible prescindir del chaleco. De hecho el chaleco hacía que en la pesca al agujero me estampara contra el fondo. Mientras que en la pesca a media agua, las bajadas no verticales por la deriva en la resistencia del chaleco, me hacían fallar muchos salmonetes, y la propia resistencia al agua del chaleco les asustaba, al emitir mas vibraciones, por la falta de aerodinámica del cuerpo. 
Este año 2014 había sido un mal año para mi en esto de la pesca submarina. No había cogido el clásico dentón del puente de la constitución, ni el clásico dentón del mes de mayo. Tampoco había cogido el clásico mero del día de Navidad. Por eso, intenté aquel día buscar un buen mero por aquel lugar, pero no lo vi. Solo algunos salmonetes, algunos grandes. 
Pensábamos ir mi compañero y yo a unas piedras en donde podría haber meros, por eso dejamos de lado los salmonetes. Pero mi instinto depredador, me hacía suponer que aquel salmoneitor que la semana pasada había fallado en aquel lugar, tal vez estaría por allí. Le estuve buscando, mientras mi compañero llegaba. Y le vi. Estaba allí. Pero esta vez solo. La profundidad era de unos diez metros. El salmonete estaba por el fondo, pero a pesar de la profundidad me sintió desde abajo nadar en superficie. Y salió buscando un lugar mas tranquilo. Nadé detrás del samoneitor unos diez minutos, pero era un culo de mal asiento, no se paraba, Temía perderle de vista. Hasta que vi que entró en la sombra junto a una piedra con algas al lado. Dejé de verle desde arriba, pero al no haberle visto salir de allí, supuse que estaría por alrededor de aquella piedra en alguna sombra. Me apreté el cinto de goma para que no resbalase e hiciese ruidos contra el traje que pudieran perturbar la tranquilidad y la confianza del salmonete en donde quiera que estuviese. Di un golpe de riñón perfecto, moviendo las aletas solo cuando estaban bien dentro del agua para no hacer vibraciones ni burbujas que hacen ruido. Me coloqué en posición aerodinámica completamente vertical, con el fusil apuntando hacía delante. Solo cuando me aproximaba al fondo, vi su enorme cabezota. Su cuerpo estaba oculto en las algas. Los últimos metros no aletee y me dejé caer a plomo, frenando en el ultimo momento con las aletas como si fuesen alerones. Apunté a la enorme cabeza de Salmoneitor, apreté el gatillo. Y no vi movimiento alguno. El salmonete había sido muerto en mismo instante en que el arpón atravesó su cabeza. No movió ni una escama. Tenía tan dura la cabezota, que no podía sacar el arpón, porque los duros huesos de aquel mastodonte de salmonete me lo impedían. Opté por sacar el hilo del arpón del mosquetón, y sacarlo por la cabeza del salmonete por el mimo agujero del arpón. Mientras hacía esto, mi compañero llegó. Le dejé el salmonete en sus manos, mientras yo volvía a armar el hilo del arpón en su mosquetón. No había peligro de que escapase. Estaba muerto ipso facto. 
Entramos al agua a las trece horas y salimos a las 18 horas. El día no dio mucho de si, fallé varios salmonetes, y logré clavar otro mas. Mi compañero, clavó varios y alguna corvina grande. 
No se podía decir que el día había sido malo, aunque no encontrara ningún mero decente. El salmonete pesó en la báscula de la cocina de precisión 610 gramos. Pensaba comerlo asado al microondas, pero pensé que era mucho salmonete para mi. Teniendo en cuenta su carne apretada. Me comí el otro salmonete y congelé a Salmoneitor. Cuando tenga una buena comensal, se lo serviré a la mesa.