MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 19 de mayo de 2016

LOS SALMONETES ERAN FANS DE LA CHICA NUDISTA DEL ACANTILADO.







El anticiclón se extendía inmisericorde por toda la península. Y, a pesar de que daban pronostico de levante fuerza 4, con el anticiclón la mar estaba hecha un plato. No obstante me fui a un lugar resguardado un poco del levante. Tiré para el lado derecho donde el monte deja caer acantilados que penetran a varios metros en la mar. Allí, al cabo de nadar un buen trecho, divisé una chica nudista sobre unas rocas bajo el acantilado. Pero no le presté mayor atención, habida cuenta que  no daba abasto a disparar a tanto salmonete. Por si fuera poco, un bando de magres, o herreras, de medio kilo cada uno, se me acercó rodeándome por todos lados. Disparé a uno y un poco cautos se alejaron un poco. Volví a aproximarme al banco de magres que estaban en celo y clavé otro, pero se me desclavó. Una tercera vez conseguí acercarme y disparar, pero esta vez, la última, no acerté a ningún magre y desaparecieron en las lejanas aguas. Cualquiera hubiera pensado que tanto los salmonetes como los magres, eran fans de aquella chica nudista, porque estaban embobados y se dejaban cazar, cosa extraña en los salmonetes y en los magres.
Volví por el trayecto mas corto en línea recta al otro lado de la cala. En ese lugar, donde habitualmente había otros días mas salmonetes, esta vez no se veían. El sol se iba a ocultar en una hora. Ya llevaba 5 horas buceando. Decidí volver y salir. Por el trayecto me encontré dos pulpos copulando. Eran de buen tamaño, pero no me atreví a romper su luna de  miel, habida cuenta de que el mas grande tenía metida una de sus patas, imagino cual, en el cuerpo de la hembra, que estaba en la cueva. Es curioso que el pulpo con 8 patas, tenga una adecuada para el menester de la reproducción. Los pulpos, me agradecieron con sus ojos, cuando me alejé de allí, dejándoles tranquilos hacer su faena reproductiva. De  vuelta, aún  me topé con varios salmonetes que fui clavando.
El agua, aquel día estaba en 19 grados. Llevaba el traje del año pasado de 7 mm, ya muy comprimido, con dos chalecos de 3  mm., también comprimidos. En el cinto solo llevaba 4,5 kilos de plomo, lo que daba fe de lo comprimido del traje, que de haber estado nuevo, necesitaría 8 kilos de plomos. Por lo que deduje que se había comprimido, reduciendo su grosor a la mitad.
Cuando llegué a casa, pesé el pescado. Resultado 1,727 gramos de salmonetes que fueron al congelador repartidos en 4 bolsas. Y el magre de 351 gramos que pasó directamente a mi estómago, después de 7 minutos de microondas, un chorro de limón y aceite.

sábado, 14 de mayo de 2016

La dorada que me salvó del revoltijo. O, el quinto fusil de la suerte.



Ya llevaba dos días comiendo revoltijo de espárragos, ajetes, champiñones, huevos y jamón. Aquello, a pesar de ser sana fibra para el organismo, a mi me sentaba muy mal, pues los gases y la barriga hinchada, me hacía sentirme un globo. Por eso preparé una larga lista para comprar, entre otras cosas pescado, y dejar la tercera ración de revoltijo en el frigorífico para otro día, dejando al estómago descansar de tanta cosa sana pero indigesta.
Me dediqué a preparar los fusiles y ponerles gomas nuevas, quitar obstrucciones y encasquillamientos y por último recuperar un quinto fusil de 85 mm, que me encontré un día, para poder tener un arsenal infalible y puesto a punto, por si se presentaba el mero de mi vida, un día de estos que el agua empieza a calentarse.
Entré al agua a las 14,30 y terminé de bucear a las 20,30. En total seis horas en las que bajé 80 veces a mirar bajo las piedras. Poco movimiento de pescado. A las dos horas estaba congelado, a pesar de que me puse la capucha de repuesto encima de la del traje. El agua en 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm del año anterior, ya tan comprimido, que solo utilicé en el cinto 5,5 kilos de plomos. En el pecho llevaba dos chalecos ya comprimidos, que en origen eran de 3 mm. Al final se  me quitó el frio, desde que comencé a nadar rápidamente haciendo millas.
La primera captura fue una dorada. La vi bajo la cueva. Solo asomaba la punta de la cabeza. Estaba estática. Pensé que era un sargo gordo. Apunté y disparé certeramente. La dorada fue colgada en el aro sin dificultad. Luego vi un mero en el fondo de la cueva, cuando reaccioné para dispararle, el mero se me puso delante del arpón, sin  yo darme cuenta. Viendo que tenía un tamaño considerable disparé. Luego me di cuenta que no era tan grande, pero le había atravesado desde la cabeza a la cola y la herida era mortal, no podía sobrevivir. Así que le rematé con la daga y para el aro. Luego dos corvinas, algunos salmonetes y un sargo.
Cuando llegué a la playa pesé la dorada y el mero. Pesaban, respectivamente 600 gramos y 1,250 gramos. Pensé que el mero se había suicidado. De haber sabido su tamaño desde el principio, no le hubiese disparado. Pero las cuevas, juegan una mala pasada en eso de calcular el tamaño de un pez. Todo depende del tamaño de la cueva y de lo lejano o cercano que se halle el pez. Mas difícil, cuando habitualmente no se pescan meros.
Cuando llegué a casa, me felicité, por fin podría descansar de comer revoltijo, hoy tocaba dorada salvaje, que me sentaría gastronómicamente muy bien. La dorada me había salvado de comer revoltijo tres días seguidos. La comí asada en el microondas durante 8 minutos, con unos granos de sal gorda por encima. Luego de limpiar la carne asada de escamas y espinas, le eché unas gotas de limón y un poco de aceite de sofreír los ajetes, los espárragos y los champiñones. Pensé que si yo no comía revoltijo, porque me sentaba mal, tal vez a la dorada le sentaría bien la esencia del revoltijo convertida en aceite de sofreír. Acerté, pues de esta forma, la dorada estaba exquisita.
Por otro lado, la incorporación del quinto fusil al arsenal de mi boya, me había traído suerte.

viernes, 13 de mayo de 2016

De vez en cuando hay que cazar un mero.


Se trataba de meterse a bucear después de 15 días sin hacerlo, por culpa de las borrascas y de la mala mar. Si no pescaba, por lo menos me pondría en forma buceando y rebajando barriga con tropecientos golpes de riñón.
Se me hizo tarde para meterme, porque desde un lugar poco propicio por el viento, pasé a otro, en donde las piedras estaban mas cerca de la playa y por lo tanto el viento no tendría espacio para levantar olas grandes. Así que entré al agua a las 15 horas, saliendo de bucear a las 20 horas. Cinco horas buceando no estaba mal para hacer entrenamiento. Eso si, no se veía pescado bajo las piedras, el agua estaba mas fría que las semanas anteriores, desde los casi 18 grados, había bajado hasta 16. Me había quitado el chaleco de manga corta y por ello a las dos horas de estar buceando tenía las manos insensibles, congeladas. Pero aguanté nadando velozmente en superficie y así, quemando calorías, entré en calor, volviendo a tener sensibilidad en los dedos de las manos.
A la ida, después de bajar a una piedra, divisé un  mero respetable que se esfumó rápidamente, si  darme tiempo a verlo. Fue como un flash. Después miré por otro lado, vi su cabezota unas milésimas de segundo, desapareciendo sin darme oportunidad de apuntarle con el fusil. Por ello, para calentarme, decidí avanzar en superficie haciendo millas.
A la vuelta, bajé a la piedra donde había visto el mero a la ida. Pero no estaba por ningún lado que mirase. Pero en la última bajada, antes de abandonar el lugar, conseguí verlo al fondo de una rendija estrecha. Disparé a los ojos. Bajé otra vez y vi que el mero estaba clavado pero cerca de los ojos, no en aquellos. Coloqué un boyarín flotante al fusil para mantener tensión y que el mero no pudiera enrocarse. Luego busqué otro fusil de 90 para rematarlo, pero el fusil de no utilizarlo estaba encasquillado. Pensé que eso ocurría porque hacía tiempo que no había cazado un  mero y  no había utilizado el fusil de repuesto, por eso aquel estaba en malas condiciones de disparar. Efectivamente, desde el 2 de diciembre del año pasado, cuando el día de la chaqueta caliente para Borriquete, no había visto, ni cazado un mero.  Cambié de fusil y cogí el 75 mm., pero lo cargue en la segunda muesca para que tuviera mas penetración. Apunté a un ojo del mero y disparé. El arpón le atravesó el ojo por el centro del mismo, como si fuese una diana de tiro con arco a 50 metros. Luego cogí el gancho sacameros, que me fabricó mi amigo Borriquete, para intentar coger con la uña extractora uno de los arpones y hacer tracción para sacar el mero. Pero este se hallaba encajado en la pequeña rendija y no salía. Así que cambié utilizando esta vez el gancho sacameros en vez de la uña. Apliqué el gancho a la boca del mero y tiré con fuerza. Noté que el mero se venía detrás del gancho, dejando el atascamiento de la rendija en la que se hallaba. Me felicité, porque faltaba poco tiempo para ponerse el sol y, de no haber sacado el mero, hubiera tenido que dejarlo allí, para volver mañana a sacarlo.
Al final, clavé un salmonete, y quitado una corvina grande que no pude cazar porque se escondió rápidamente, solamente vi esas piezas, mero y salmonete, y muchos sargos chicos. El fondo estaba desierto, después de haber bajado en 5 horas mas de 70 veces a escudriñar bajo las piedras.
Cuando pesé el mero, me llevé una decepción. Solo pesaba 2 kilogramos. Había pensado que pesaría mas.
 

viernes, 29 de abril de 2016

El mes de abril, el de las aguas mil, trajo pequeñas pesqueras, en las que había algunos salmonetes





 






 
El mes de abril tocaba a su fin. El agua del mar pasó desde  14 hasta 17,  grados. Y así seguiría hasta que llegase el cenit del verano. Las entradas al agua no duraban mas de 3 horas, mala mar, poca visibilidad, borrascas, algunas lluvias, todo me impedía poder bucear dedicando jornadas seguidas y durante largas horas de estancia dentro del agua, practicando la pesca submarina. A todo ello se añadía la escasez de pescado. Cuando el agua estaba en 15 grados, era habitual ver salmonetes, pero no en abundancia. Algunos superaban los 300 gramos. Algunos dentones esquivos de un kilo se veían a lo lejos, pero no entraban. También se veía alguna lubina que huían despavoridas. Asimismo algunos sargos de buen tamaño, y por supuesto muchos sargos chicos que iban en grupos. Los mújoles aprovechaban para comer algas en la red guía que llevaba hasta el barco señalizador de La Almadraba. Era muy difícil dispararles, pues, además de escabullidizos, ello suponía un peligro de enredo en las amplias mallas de la red, tanto del arpón y de su cuerda como del pez debatiéndose dando vueltas.
A pesar de todos los inconvenientes de abril, no podía quejarme, al menos había hecho un poco de deporte y había viajado unas 70 kilómetros para ver fondos submarinos distintos, aunque, igualmente, desiertos de pescado. Llegué hasta la costa de mi amigo Borriquete, del que rapté una lubina que luego le regalé, para paliar un poco el allanamiento de sus territorios  submarinos.  Junto a las rocas de los acantilados se empezaba a ver un alga que iba ganando cada vez mas extensión. Era un alga con forma de ramillete de textura muy áspera y rígida. Dudaba si podría ser la temida Caulerpa Taxifolia, que era un alga invasora y allí donde dominaba desaparecían otras algas y también los peces. Probablemente fuese un alga tóxica además de invasora.
La indumentaria del mes de abril, a pesar de que la temperatura estaba subiendo, era la misma y no me la quitaría hasta sentir calor, pues no estaba dispuesto a pasar frío. Un traje ya gastado de 7 mm, un chaleco con  mangas de mas de 25 años, pero que aún conservaba sus propiedades aislantes, dos chalecos mas sin mangas de 3 mm. En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomo, que para bajar a fondos de 12 metros los convertía en 5,5 kilos, quitando un kilo de plomo zafable.  Con 15 grados de temperatura del agua, la capucha ya comprimida me hacía pasar frío, así que me colocaba encima otra capucha suelta.
Esperemos que mayo traiga el clásico dentón de todos los años, o varios.

viernes, 4 de marzo de 2016

El cuarto berrugato huyó





Igual que la vez anterior, llevaba el mismo equipamiento, misma temperatura del agua misma fuerza y dirección del viento. El primer avistamiento fue una gran lubina solitaria de más de 7 kilos, que no se aproximó. El segundo fue un mero de unos 4 kilos que desapareció en lo más profundo de una gran cueva. Después capture un salmonete. Dispare a otro que escapó y unos metros más adelante lo encontrar muerto en el fondo, limitándose a recogerlo y comprobar que era mi salmonete, viendo sus vivos ojos y la herida en la cabeza del arpón. Después, bajo una gran roca, en un extremo entre la techumbre de la roca y la arena, casi encajonados, huyendo de mi, divisé cuatro corvinas de arena, o berrugatos. Difícilmente, por la estrechura del hueco entre las rocas vecinas, pude meter el arpón, apuntar y disparar al primer berrugato, igualmente con el segundo, que como el primero quedaron muertos en el acto, por la precisión de los disparos en la cabeza. No ocurrió así con el tercer, al que el disparo, aún cerca de la cabeza, no le fulminó. Antes de sacarlo se debatió. Por eso, tal vez, cuando baje a por el cuarto berrugato, este había aprendido una lección de supervivencia, algo así como una iluminación un extremis, que tal vez le hiciese pensar, al ver a su último compañero debatirse, que los anteriores no  le habían dejado sólo voluntaria y apaciblemente, sino atracados a la fuerza. Fue curioso ver a aquel  ultimo berrugato, que primero me miró con cara de susto, e inmediatamente, comenzó a excavar el fondo de arena con sus aletas pectorales, que a modo de palas, hicieron un pequeño túnel por el que a que inteligente pez escapó de una muerte certera. Aquel último berrugato se llevaría la historia del horror que vivió, observando como eran abatidos sus tres compañeros, y, tal vez, esa historia la trasmitiría a las  sus generaciones venideras de berrugatos. Sabiendo eso, no quería dejarle con vida, pero la inteligencia y los sentidos del berrugato le salvaron la vida, tal vez no sólo a el, sino también a sus descendientes.

El salmonete supertonico, de 378 gramos






El agua estaba entre 13 y 14 grados. Sólo estuve tres horas buceando. Llevaba el traje de 7 mm del pasado año, un chaleco de manga corta, con más de 25 años de antiguedad, biforrado y además dos chalecos más, sin mangas.  En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomos. El viento de fuerza 3 arreció del sur. No se veían nada más que pequeños sargos. No había nada bajo las piedras. Después de bajar unas casi 40 veces, vi aquel salmonete solitario. Desde la superficie en die,z metros de fondo se encontraba tranquilo y parecía grande. Baje apuntándole a su cabezota y dispare. Quedó clavado, pero se debatía, por lo que le agarre con la mano rápidamente. Fue entonces, cuando aprecie su tamaño. Era más gordo que mi muñeca y tenía una fuerza impresionante, a pesar de estar atravesado por la cabeza. Aquel salmonete me lo comi  y peso 378 gramos en la báscula de la cocina. Pura proteína marina para el estómago Aquel otro que capture años atrás, al que bautice como salmoneitor, había sido,creó, superado por este nuevo salmonete, al que bautizare como el salmonete superisotonico, porque del mar paso directamente a vena y era tres veces más grande que una lata de bebida isotónica.

viernes, 5 de febrero de 2016

El navío que me alejó de la mar











Aquel día pasé por la puerta de la tienda de artículos de pesca submarina y  no entré a comprar nada. Me limité a recoger unos cartones de envolver artículos de pesca, que acababan de dejar en la puerta. Había recibido el encargo de mi amiga de construirle un barco de cartón. El itinerario para la travesía de fabricar un barco  maqueta con cartón me llevó 14 días, dedicándole en ocasiones once horas al día. Una noche, después de acabar cansado, me preguntaba,  si merecía la pena acostarse a las cuatro de la madrugada, pegando cartones para dar forma a un navío de 28 cañones. Pero la decisión la tomé el día que recogí aquellos cartones. Después de casi diez días perdidos, dejando abandonada la pesca submarina, los deberes de la casa, y toda la vida diaria, no cabía volverse atrás, o por contra todo el tiempo empleado y la salud perdida, hubiese sido en balde. Trabajaba contra reloj, pues el barco había de estar terminado para la fiesta del cole de carnaval, en donde mi pequeña y chapucera obra sería arrastrada por las calles próximas al colegio, por unos marineros de seis años.
Aquello, de construir barcos en maqueta me gustaba, si quitaba  la tensión que  me estaba matando por la falta de ejercicio y el abandono de todo  en  casi medio mes, respecto de  las obligaciones diarias. La única obligación que me había propuesto era no hacer nada hasta no acabar aquel navío. Pensaba que si en vez de cartón fuese madera, la obra sería perfecta y mas fácil de moldear. Pero también pensé que al hacer la maqueta primero en cartón, eso me daría mayor experiencia,  para dentro de equis años hacer otra maqueta que tenía en mente, pero esta vez en  madera, y con la mayor precisión posible en la escala de medidas. Tal vez algún día haga el navío Víctory, aquel buque insignia de Nelson, en donde fue herido de muerte en la batalla de Trafalgar, por una bala disparada desde un  navío español. La simiente había sido sembrada, mis hijas me regalaron, hace unos años, los planos del navío  Víctory, pero aún no había comenzado,  ni siquiera,  a mirar aquellos planos, pues me había propuesto en mi jubilación, que primero tenía que hacer mucho ejercicio hasta hartarme  y recuperar la salud,  antes de  hacer trabajos de mayor dedicación en cuanto a  empleo de tiempo y sedentarismo.
Pero la labor de acabar la maqueta encargada por mi amiga, se me estaba ya empalagando. La última efeméride fue que, como no cabía en el ascensor, tuve que bajar con aquel barco ya terminado por las escaleras desde una altura de doce pisos, cargado de material y de bolsas, además de con el dichoso barco. Me fui a entregarlo estresado, porque veía que llegaba tarde. Pero cumplí mi promesa y el barco salió en el desfile de carnaval de aquel colegio, por la calle,  tirado por unos marineros de tan solo seis años, que tenían toda la vida por delante para embarcarse en aventuras marinas. Objetivo cumplido,  a costa de un poco de salud. La hipertensión me estaba matando. Pero tal vez había merecido la pena acabar el barco.
Ahora lejos de la obra, terminada y entregada, volveré a recuperar mi vida normal. Empezaré buceando, porque después de dos semanas en el dique seco, debería ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido alejado de la mar, mientras construía aquel navío de 28 cañones, al que bauticé como Nuestra Señora de los Ángeles.