MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Infanta Cristina y la pesca submarina







Vi venir a aquel barco desde la lejanía. Esperaba que virase antes de aproximarse al lugar en el que me encontraba, porque de no hacerlo hubiese chocado con la costa. Pero la proa se hacía cada vez mas grande, estaba casi encima de mi. No me lo podía creer. A aquel barco de guerra le ocurría algo extraño, o había perdido los frenos, o se le había atascado el motor a toda máquina, o el timonel estaba dormido, o simplemente la Armada me había declarado la guerra por ser un pescador submarino. El temor se iba apoderando de mi ánimo y ya estaba pensando por donde podía escapar de la proa de aquella enorme máquina de guerra, cuando de repente en cosa de pocos segundos el barco viró 90 grados para entrar en casi mínimos dentro de la bocana del puerto.
La pesca era de morralla. No se veía en aquel lugar ni en pescado de cierto tamaño. El fondo estaba turbio. Las aguas habían caído hasta los 24 grados. Aquello era desagradable por la cantidad de partículas que la corriente sacaba de los puertos y llenaba toda la mar.
Llevaba el traje de 3 mm ´comprado recientemente, un chaleco de otros 3 mm. y dos kilos y medio de plomo. Al final de la jornada el frío se notaba un polín. Pensé que ya era el momento de ponerme una chaqueta de mayor grosor, y quitarme el chaleco, o tal vez dejármelo y colocarme esa chaqueta de 7 mm. en origen y que ahora solo tendría 5 mm, por haberse comprimido con el paso del tiempo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

¿UN MACABRO HALLAZGO EN PORTMÁN, O PIRATAS DEL SIGLO XXI CON PIERNAS ORTOPÉDICAS DE ALUMINIO?











He leído muchos libros sobre la Mar. Hacía pocos días que había tenido un buen susto mientras buceaba. Llevaba observando durante mas de una hora una boya de submarinista en el mismo lugar. No pude esperar mas, por si se trataba de alguien que estuviese en problemas, y me dirigí hacía aquella boya. Cuando llegué vi que estaba atada con una cuerda elástica a la boya amarilla que señalizaba el límite de los 300 metros de la orilla, en donde los barcos no pueden navegar, por ser zona utilizada para el baño. Después de haber visto lo imprudentes que van los barcos, que no respetan nada, el hallazgo de la boya me causó mayor incertidumbre, pues pensé que tal vez algún barco había cortado la cuerda de la boya con la hélice y la había atado a aquella otra boya. Tal vez se habría llevado por delante al submarinista. En fin, comencé a nadar velozmente, olvidándome de pescar, para ver si localizaba a algún buceador próximo al lugar. No se veía a nadie. Pero a la media hora, divisé unas aletas que se zambullían en una zona muy alejada de allí. Sería algún submarinista irresponsable que se había olvidado de la boya, y practicaba la pesca submarina sin señalización alguna. Es cierto que se encontraba dentro de la zona de los 300 metros balizada, pero no es menos cierto que aquel día varias motos acuáticas y barcos navegaron a toda velocidad por la zona balizada en donde les estaba prohíbido navegar. En fin, irresponsables por todos lados, pensé. Y continué buceando lo mas relajado posible que me permitían los asesinos tripulantes de barcos y motos acuáticas, esos que no respetan una boya de submarinista. Es decir, de relajado nada de nada, sino ojo vigilante y oido también antes de sumergirme, para ver que ningún barco me tenía entre su rumbo a toda máquina.
Por eso, ayer que me sumergí en Portmán, el susto fue pleno. Primero encontré bajo los acantilados del faro de Portmán, restos del esqueleto de un enorme pez. Las vertebras eran mas grandes que mi puño cerrado. Las espinas de la caja torácica eran del tamaño de las costillas de un esqueleto humano. Los restos de las espinas de las aletas medirían más de medio metro. Aquello podría ser un gran atún escapado de las jaulas que se hallaban por aquella zona, un tiburón blanco, o un cachalote, o cualquier otro animal marino de grandes dimensiones. Los restos estaban esparcidos en dos zonas próximas entre sí.
Avancé por los acantilados con una corriente de levante en contra y volví con otra corriente de poniente también en contra, al cabo de cinco horas buceando. El agua había bajado de temperatura. Lejos ya de los 29 grados de días anteriores, aquel día estaba en superficie a 25 grados, mientras que la termoclina se dejaba sentir a 20 grados tan solo a 8 metros de profundidad, pero ya a la vuelta.  Llevaba el traje recién comprado de 3 mm, sin chaleco y 3 kilos de plomo. Planeaba muy bien por el fondo con aquella cantidad de plomo. Pero sentía mucho frio cuando sobrepasaba al volver los ocho metros de profundidad. La fria corriente hacía que la termoclina se hubiese aproximado casi a tocar la superficie marina.
Pero el susto fue el hallazo de algo que me dejó en una gran incertidumbre. Estaba buscando una cueva junto a los acantilados, pero no dí con ella. Sin embargo encontré un objeto cilindrico unido a unos jirones de tejido de vestir. Supuse que serían basura de algún pescador de caña que habría caido al mar. Pero a simple vista aquellos restos me intrigaban. Mi lema es no dejar de observar ningún resto que me encuentre en el mar, aun cuando a simple vista no sepa de lo que se trata. Así que bajé a observar aquello. Entonces adiviné que aquello era una pierna ortopédica, fabricada de aluminio y material plástico. Tiré de ella, pues se hallaba incrustada entre las rocas del acantilado en el fondo. No podía, el tejido de tela la había enganchado a las rocas, así que lo único que conseguí fue quebrar la articulación de la rótula de plástico. Observé que aquellos restos de ropa, podrían ser los de un pantalón. Pero no observé restos humanos. Solo los jirones del tejido unidos a la pierna ortopédica. Aquello me hizo pensar en que no se trataba de basura arrojada desde el cuartel abandonado que estaba arriba, sino de una pierna ortopédica que alguién había perdido bien dentro del agua o desde el acantilado. Me acordé de aquellas pateras que traen inmigrantes a nuestras costas. La mar había estado buena casi todo el mes de agosto. Es posible que un integrante de alguna patera,  al arribar, hubiese perdido aquella pierna que para él sería tan valiosa. Pero es posible que quien utilizase aquella pierna hubiese perdido antes la vida y la pierna hubiese ido a parar al fondo del mar incrustandose entre los acantilados. No lo sabré nunca.
Cuando llegué a casa, me metí en google, y pude leer que este verano se había desmantelado una red de narcotraficantes en Alicante y Málaga, y que dos de sus miembros llevaban piernas ortopédicas.
Tal vez se tratase de los modernos piratas del siglo XXI, que en vez de atracar a otros barcos, se dedican a introducir droga desde el Norte de África. Pensé en contarlo en el cuartel de la Guardía Civil, pero no creo que el dato tuviese mayor interés para la Benemérita, habiéndo otros temas de mayor gravedad que tienen que atender. Tal vez, alguién hubiese cambiado su pierna ortopédica por otra de mayor calidad y hubiese arrojado la primera al mar. Tal vez se tratase de una incineración de alguién que antes de cremarlo le hubiesen extraido la pierna ortopédica para arrojarla al mar junto a sus cenizas. No es baladí el tema. Pues mi excompañero de pesca y yo, tuvimos que oficiar un entierro en el mar de una urna funeraria de una chica fallecida a una edad muy temprana. El cuñado de la chica nos pidió el favor de hacerlo con nuestra barca, antes de comenzar a pescar. Echadas las cenizas al mar, arrojamos la urna, estuvimos unos minutos en silencio. Pusimos el motor en marcha y comenzamos nuestra aventura de la pesca submarina, intentando que fuese un día normal. Pero aquel entierro en el mar nos quitó a los tres las ganas de pescar. De hecho no pescamos nada aquel día.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Las huevo frito habían ganado la batalla. Las blancanieves casi habían desaparecido.






 
El agua continuaba en 28 grados. Tuve que familiarizarme con el pasamontañas submarino antimedusas, pues estos celentéreos aquel día abundaban en mayor cantidad que en días anteriores. No podía exponerme a permanecer seis horas en el agua, porque probablemente me hubiesen rozado varias de aquellas medusas huevo frito. Era curioso, las huevo frito, habían desplazado a las medusas blancanieves. ¿O tal vez, es que las blancanieves, después de días de darles el sol terminan convertidas en medusas huevo frito?. Es decir, quemadas por el sol.
Aquello era una auténtica plaga. Hacía pocos días que me habían contado que en Huelva en la playa de la Canela, cerca de Portugal, se estaba dando una invasión de medusas huevo frito enormes. También hoy me han contado que en las playas del Cantábrico en Asturias, abundaban ese tipo de medusas.
Todo ello afianzaba mi creencia de que este año está pasando algo que no había sucedido  nunca en mas de treinta años. Y es que algunas corriente cálidas procedentes del trópico y de los mares ecuatoriales, habían llegado a las costas de Europa, y habían inundado las costas españolas, trayendo de esos mares tropicales ese tipo de medusas enormes. Probablemente el deshielo del Ártico haya sido la causa. Lo verdaderamente preocupante era ver que el pescado había desaparecido. Las aguas habían adquirido un color parecido a la orina, amarillento. La temperatura era de casi 29 grados.
Unos animales tan poco inteligentes ´se habían adueñado de las costas de toda España. Probablemente cuando el mundo se acabe y el ser humano deje de existir, este tipo de celentéreos invadirán los mares, mientras la tierra será dominada por las cucarachas. Ambos tipos de animales son para el ser humano desagradables, antagonistas en el futuro del planeta probablemente.






Una hora antes de ponerse el sol, eran las ocho de la tarde, me dí cuenta que las medusas huevo frito se estaban reagrupando en bancos, pegadas unas a otras. No se cual era la forma de atraerse para pasar la noche que se avecinaba. Probablemente ese tipo de animales se agrupen cuando antes de que el sol se oculte, para poder defenderse de sus depredadores. Probablemente al estar muchas de ellas juntas formando un enjambre de medusas, haga que sus células urticantes incrementen sus efectos sobre cualquier pez que pretenda devorarlas. Esa técnica de reagrupamiento, es típica entre los peces, tanto grandes como pequeños. Una inmensa mayoría de peces viajan en bancos. Es el caso de los túnidos, atunes de grandes dimensiones, también las sardinas, los boquerones, incluso las ballenas. Y está claro que para reagruparse deben de tener ordenes a las que obedecer para que todos a una sigan la misma consigna, el reagrupamiento.

domingo, 12 de agosto de 2012

EL MERO DE LAS PERSEIDAS




Agua a 28 grados. Muchas medusas blancanieves. Mero de tres kilos. Traje de 3 mm camuflaje recién estrenado. Dos kilos de plomo en el cinto, pero me faltaba un kilo para estar bien.  Cinco horas y media buceando. El traje daba calor.   El pasamontañas antimedusas era un engorro. El gorro de natación otro. Al final prescindí de todo y me quedé con la capucha del nuevo traje para protegerme del sol. Un ligero escozor encima del labio era la firma del agua impregnada de partículas de medusas. Había muchas medusas blancanieves.

lunes, 6 de agosto de 2012

La Invasión del Mediterráneo. Bancos de medusas Huevo Frito y medusas Blancanieves


Aquel fin de semana, primero del mes de agosto, el agua estaba en 28 grados en el Mediterráneo. Me había colocado solo un kilo de plomo en el cinturón de lastre. Llevaba la chaqueta de 5 mm, ya comprimida y el pantalón también de 5 mm sin peto, igual de comprimido. Actualmente equivaldría a un traje de neopreno de tan solo 3 mm. El bricolaje de la capucha cubriéndome la frente, evitaba que las medusas me rozasen. Había bancos y bancos de medusas. Estaban mezcladas las Huevo Frito con las Blancanieves. Estas últimas eran absolutamente blancas, salvo la aureola que ribeteaba su cabeza que era de color liláceo. Algunas, las Huevo Frito, estaban en parejas, pegadas una a otra, como si de un matrimonio se tratase. La realidad de la invasión del Mediterráneo por bancos enormes e infinitos de medusas enormes, aún no había sido recogido por la prensa, ni por los científicos estudiosos del tema. Pero, he de decir, que jamás había visto tal cosa en mis treinta y pico de años que llevo practicando la pesca submarina. Algo extraño estaba ocurriendo en el Mediterráneo para que tantísima medusa hubiese aparecido, cuando jamás había ocurrido algo así. Tal vez el deshielo del Polo Ártico. Croenlándia se había derretido como un helado en el plato. Si Jackes Custeau aún viviese, seguro que sabría interpretar esta señal de la mar. Tal vez, el ocaso del Mediterráneo se aproxime en una voraz carrera hacía su destrucción.
No se si la plaga de medusas enormes, tendría algún efecto sobre los peces. Pero el fondo marino estaba desierto. Era como si cualquier pez adivinando la invasión de su hábitat, hubiese emigrado a otros lugares. ¿Pero a donde? ¿Si la invasión de medusas se hallaba por doquier?. ¿Donde se habrían marchado los peces, si no había lugar en donde no hubiese diez o doce medusas en cinco metros cúbicos de agua.
Dicen que este tipo de medusas no son peligrosas pues el roce con ellas no produce la picazón que producen las medusas avispa. Estas, las Huevos Fritos y las Blancanieves no llevan tentáculos largos. Sobre todo las primeras que los llevan como muñones recortados en una especie de ventosa de colores caramelo y lilas. Las otras, las Blancanieves, solo llevan esa aureola de color lila o violeta que circunda su  gran cabeza.

No hallé pescado alguno, solo un pulpo glotón que había comido varias orejas de mar, y al que estuve haciéndole cosquillas cerca de su boca. El animal esperaba a que el objeto con el que le masajeaba entre las patas, se hallase próximo a su boca, para entonces, con toda la fuerza de sus ocho patas, allí donde aquellas se juntan, intentaba atraer el objeto hacía su boca. Descubrí porqué esperaba a que el objeto estuviese lo más próximo a la boca, porque allí es donde el pulpo tiene mayor fuerza, la suma de la de cada uno de sus ocho brazos unida y un mortal pico de loro que trituraría cualquier presa. Aquel pulpo no pesaría mas de dos kilos, aún cuando por lo que había devorado en poco tiempo, podría superar los tres. Pero le dejé allí tranquilo después de jugar un rato con él. Al principio asomaba uno de sus ojos vigilante, entre el arco de una de sus patas, mientras utilizaba también su válvula para soltar chorros de agua. Esa válvula la utiliza el pulpo para varios menesteres: le sirve para impulsarse y nadar, también le sirve para expulsar la tinta y, asimismo, para soltar con fuerza chorros de agua contra los eventuales enemigos que pretendan acercarse. Con ella puede levantar partículas de arena. Y, probablemente, también le sirva para la función respiratoria. Sea como fuere, el pulpo es un animal que está riquísimo al horno, a la gallega, o a la plancha. Pero hay que quitarse el sombrero ante su inteligencia y habilidad para escabullirse. Tiene muy buena memoria. Y si le hostigamos, abandona su cueva para hacernos ver que se marcha. Después vuelve a su cueva con una habilidad extraordinaria, encontrándola  rápidamente, como si tuviese un GPS en sus patas. Por otro lado, el pulpo es un luchador contumaz, no abandona facilmente al enemigo cuando está atacando. Le desgarra su piel a base de mordiscos, mientras lo atrae hacia él con una de sus patas extendida. Tampoco abandona su cueva cuando está incubando sus huevos. Y no lo hace, cuando se siente protegido en ella, adentrándose todo lo que puede, y utilizando sus brazos para cubrirse con todas las piedras, conchas y demás objetos que rodean su cueva.

sábado, 14 de julio de 2012

La aguas malas y las corrientes submarinas consecuencia del deshielo de los Polos.

El bricolaje estaba concluido. La extensión de la capucha a modo de visera impediría que el sol me dejase la frente con mas manchas que un torpedo marmorata. No en vano, la tarde anterior estuve cortando los patrones, cosiendo y pegando los neoprenos sacados de antiguos escarpines inservibles.
Incluso hoy, me he echado las tijeras para cortar lo que sobresaliese de la máscara submarina. Ha sido un acierto, pues he buceado en una mar repleta de medusas avispa, de esas pequeñas que llevan largos tentáculos y cuyo veneno causa una quemadura muy peligrosa y no me ha picado ninguna debido a la alta protección cubierta de neopreno que llevaba en la frente y en la cara. No he aguantado mas de tres horas buceando, pero la causa de mi corta expedición submarina, no ha sido la plaga de medusas que ya ha salido en la prensa del día por sus picaduras a multitud de bañistas, sino que el problema estaba en algo insólito. Resulta que las aguas marinas este año habían sufrido un retraso en adquirir la temperatura veraniega. En el mes de junio, estaban a 20 grados, mientras que a finales de junio comenzaron a calentarse vertiginosamente, alcanzando los 24 grados en poco tiempo, tanto en superficie como a mas de 12 metros. Eso hizo o fue la causa de que grandes concentraciones de medusas de las gordas e inofensivas, esas que no tienen tentáculos, hubieran inundado las costas de la Región de Murcia. Mi teoría era que esas medusas ciegas habían arribado a las costas, por las corrientes submarinas y de superficie que se forman al calentarse el agua marina, y mezclarse las capas de agua fría con las de agua caliente, originando auténticos ríos marinos que llevan a la deriva de costa en costa, todo tipo de especies marinas.
La verdad es que hoy, mi teoría sobre las corrientes marinas originadas por la diferente densidad entre el agua fría y la caliente, ha sido verificada. En algunos tramos el agua estaba a 24 grados, en otros a 19 y no pude bajar, debido a que a tan solo 8 metros de profundidad, el agua estaba tan fría como en invierno, tal vez a 13 grados.
Así que no han sido las medusas, ni la corriente, ni la turbieza de las aguas, ni la falta de pescado, lo que me ha hecho abortar a las tres horas mi jornada de pesca submarina. La causa real solo ha sido el frío que me impedía bajar mas allá de tres metros de profundidad.








El cambio climático este año, se deja notar, una corriente fría de aguas polares ha llegado a nuestras costas, trayendo plagas de medusas, arrastradas por las corrientes submarinas, originadas por la diferencia de temperatura de las aguas marinas.

domingo, 24 de junio de 2012

Los peces rumanos. Los lactobacilus Plantarum. La otitis del buceador.



Había hecho aquel día casi cien kilómetros para encontrar aguas al abrigo del levante que se prevía de fuerza 4 y 5 de beafour. Asimismo, en aquel lugar a donde me dirigí las aguas solían estar siempre transparentes. Pero en aquel día, la suerte tampoco me iba a favorecer en eso de encontrar aguas transparentes. Estaban blancas y turbias, asimismo una fuerte corriente de levante imposibilitaba avanzar con facilidad. Posiblemente debido al cambio de temperatura, a la termoclina, o vaya Vd. a saber, el agua no estaba transparente.  La temperatura era de 21 grados, casi tres grados menos que el día anterior en unas aguas distantes 100 kilómetros. Lástima que  esos 100 kilómetros que me he metido al cuerpo no hayan servido  para nada, pensé. No obstante, luché contra la fuerte corriente de levante que en aquel lugar no era nada despreciable, para avanzar lejos de donde los asiduos pescadores submarinos que visitaban aquella zona llegaban en sus correrías e inmersiones de caza submarina. Anduve con las largas aletas de carbono casi dos kilómetros, tardando mas de tres horas. A la vuelta, la corriente me favorecería, pensé, y no me costaría tanto avanzar cuando el sol se aproximase a su ocaso. Pensaba apurar el día, hasta las 21 horas, dado que el sol se pone a las 21,20.
Pero no vi peces de categoría, ni debajo de las piedras a las que bajaba, ni en aguas libres. Tan solo unos pequeños salmonetes, un sargo, dos corvinas, un magre y una pequeña lubina. Al menos tendría para cenar.
Cuando ya volvía entrando en la bahía cerca del poblado, un fuerte apretón de vientre, me indicaba que debería evacuar urgentemente. Aquellas cápsulas de lactobacilus plantarum, que llevaba tomando unos cuatro días, para combatir el colesterol, estaban haciendo estragos en mis intestinos, mientras expulsaban a las bacterias autóctonas e invadían y colinizaban el largo tracto intestinal. Aquellos acantilados llenos de pescadores de caña. Aquellos barcos que volvían de pescar y entraban en la bahía. Aquellos restaurantes en donde la gente podía ver cualquier posición extraña de un pescador submarino en el agua. Todas esas circunstancias, me hicieron pensar que en vez de hacerlo en medio del mar agarrado a la boya, lo mas prudente era aproximarme a una cala del acantilado cerrada, quitarme los plomos, bajarme el pantalón que gracias a Dios me puse sin peto, y apoyando las aletas en el poco fondo evacuar dignamente y despejar el vientre de inconvenientes, retortijones, gases y dolores flatulentos. Así lo hice, buscando una cala alejada de cualquier mirada que pudiese poner en riesgo la operación. Pero lo que no había calculado es que la tranquilidad de las aguas de la cala, lejos del mar abierto, me harían estar rodeado de excrementos flotantes en menos de un segundo. La pulverización que las bacterias probióticas del lactobacilus ocasionaron en las heces, hicieron que el agua se enturbiase de la sustancia evacuada. Pensé que estaba a salvo pues dentro de las gafas no entraría ni una gota y por el tubo de respirar tampoco. Pero no caí que el contacto con aguas infectadas de heces con lactobacilus buenos o malos, pues no sabía si los que salían eran los autóctonos o los colonizadores, todo ello me haría contraer una otitis dolorosa e invalidante para bucear el siguiente fin de semana, como así sucedió.
Por si el día no trajese bastantes malas circunstancias, al salir una chica rumana, me pedía dinero para comprar un bocadillo a su hermano que aún no había comido. Eran casi las 22 horas de la noche. Yo tampoco había comido, salvo unas barritas energéticas y una bebida isotónica. Daba cualquier cosa por comerme algo, y allí estaba mi cena, en aquel aro porta-peces con aquellos pescados. Pero, mientras le decía a la chica, que cuando iba de pesca la cartera la llevaba vacía, le dije que si quería el pescado para cocinarlo para su hermano. La chica no se atrevía a decir que no, porque tal vez no fuese congruente la negativa a aceptar pescado fresco para cenar. Pero adujo que no tenía aceite para cocinarlo. Alargué cincuenta céntimos y le dije que comprase un vaso de aceite en el bar más próximo y con eso podría cocinar el pescado. Al final me quedé sin pescado, sin cena, sin comida. Y aún me esperaban dos horas y cien kilómetros hasta llegar al momento de cenar. Mala agua, mal día, mal lugar había sido La Azohía conmigo. El espíritu del Sabio Borriquete, esta vez me había jugado y ganado la partida.