MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

miércoles, 19 de abril de 2017

Resucitando el kayak, el camping y la pesca submarina

miércoles, 22 de marzo de 2017

Dos lubinas merluzonas y un calamar grandote. El gourmet de la mar.








No me ha gustado nunca hacer el merluzo, pero el fin de semana anterior, incluido el lunes, lo hice en grado máximo. Si hacer el merluzo significa, según el diccionario de la mar, ir a su bola sin importarle a uno las consecuencias de ello, juro que hice el merluzo tres días seguidos, estando en seco, mientras la mar estaba planchada, como casi nunca sucede. Hice el merluzo, por dejar de tomar kéfir el fin de semana y exponerme a los ambientes contaminados y miadmosos del Corte Ingles de la Capital. Hice el merluzo tomando calefacción que reseca las mucosas. Hice el merluzo cuando después de un fin de semana falto de kéfir y con las defensas en baja guardia, me metí a nadar en la piscina, aspirando los vapores asfixiantes del cloro caliente, que me dejaron la garganta y el sistema inmune, mas debilitado que de costumbre. Hice el merluzo, cuando en la piscina me pegó un tirón la parte baja de las costillas del lado derecho que me dejó hecho una piltrafa. Y por último, continué haciendo el merluzo, cuando después de hacerlo tres días seguidos de la manera descrita, me metí a bucear el martes, estando muy en baja forma y con las defensas diezmadas. Pero yo iba haciendo el merluzo sin importarme las consecuencias de tanta merlucería a sabiendas de que estaba haciendo totalmente el merluzo. Aquel día, la temperatura del agua había subido un grado. Ya estaba en 16 grados, pero haciendo un día gris y nublado con rachas fuertes de suroeste, la sensación térmica era de 14 grados dentro del agua.
Escudriñé algunas cuevas, nadé contra corriente. Cuando terminaba de explorar con la linterna una cueva, vi dos lubinas amerluzadas que iban a su bola y por muchas esperas que hice no se dignaron volver. Desistí de hacer el merluzo haciendo esperas a unas lubinas amerluzadas y continué buceando, nadando contra corriente. Capturé dos salmonetes, fallé uno gordo.
Pero la anécdota de la jornada, que no del jornal, fue que me adentré a mayor profundidad, viendo que en poco fondo no se veía nada. No obstante el agua estaba algo turbia. No se veía bien el fondo a 9 metros. Por lo que aquello que vi desde la superficie, era una sombra parecida a un mero que se metía bajo una cueva. Me ventilé y bajé con el fusil pegado al cuerpo, mientras hacía la maniobra de vasalva. Conforme iba acercándome al fondo marino, dudaba si lo que se encontraba allí era una gran liebre de mar, o un calamar. Enseguida confirmé que era un calamar, que al verme ya estaba preparado para salir disparado como una flecha. Pero conforme iba bajando coloqué el fusil apuntando a aquella sombra. Y cuando adiviné que el calamar saldría disparado como un proyectil, apreté el gatillo sin dejar de apuntar al calamar por detrás de la cabeza. El disparo fue certero, justo en el momento que el calamar apretaba sus turbos para desaparecer. Pero no le dio tiempo. Inmediatamente con la daga le maté, clavándole dos veces detrás de los ojos. El calamar adquirió un color blanco de muerte.
Después de colgar el calamar en el aro, bajé a la cueva en donde estaba próximo y allí pude ver, colgados del techo  las huevas que con paciencia había dejado bien colocadas, a la espera de que algún día eclosionarían y esparcirían su descendencia por aquella zona.
Durante toda la jornada, la bajada de defensas y la garganta picosa me estaban mermando las ganas de seguir buceando. No obstante aguanté el tipo 5 horas, bajando unas 60 veces.
Esta vez el calamar sería cocinado por una buena amiga cocinera, para degustarlo a la romana, a la plancha y en salsa, en su grata compañía. Solo pesó el calamar un kilo y medio, pero aunque aquello no era un jornal, sino media jornada de pesca submarina, la foto ilustraría el blog y su carne un buen plato, como la de aquella sepia en marmitako, o la paella de langosta y langostillo. No constituiría un jornal, ni siquiera medía jornada, pero en cuestión de cocina, era mas de un buen gourmet, que de un cocinillas.
Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto. Dos chalecos de 3 mm. Cinco kilos y medio de plomos en el cinto y un kilo y seiscientos gramos en el chaleco de lastre.
Prometo que ya no intentaré mas hacer el merluzo. Ir a nuestra bola, sin importarnos las consecuencias, no es un buen contrato consigo mismo.

lunes, 13 de marzo de 2017

El mero que no se fiaba de su compañera, o en las cosas del querer puede haber mero interés.






 
 
La previsión del satélite meteonav, aquel día me engañó. La corriente era contraria a la que meteorología preveía. No me alejé mucho y cambié el sentido de la trayectoria dirigiéndome junto al acantilado.
El agua estaba en 15 grados, llevaba el traje nuevo de 7 mm. sin peto, dos chalecos de 3 mm, seis kilos y medio de plomos en el cinto y un kilo y seiscientos gramos en el chaleco. En total 8 kilos y cien gramos, de lastre. No tuve frio, a pesar de la baja temperatura del agua.
El viento arreció trayendo una espesa niebla sobre la superficie de la mar, que después se disipó y lució el sol. Me dirigí a aquella piedra, en donde hace años capturé un mero de 7 kilos. Habían pasado ya 8 años desde entonces. Era un atardecer del mes de abril.
Esta vez, miré por los dos orificios que la losa presentaba en su unión con el lecho marino. Pude ver al mero mirándome. Así que,  sin pensarlo,  apunté al ojo y disparé. Supuse que le atravesé el ojo. Pero cogí un segundo fusil mas corto y le lancé un segundo arpón, también al ojo. Luego, me di cuenta, al día siguiente, cuando saqué al mero, que el primer arpón, solo le había penetrado en la barriga, mientras que el segundo le había atravesado el cerebro y había dejado al animal, vivo, pero anestesiado toda una larga noche y parte de la mañana del día siguiente, hasta que después de una hora y de realizar 33 bajadas, la edad de Jesucristo, pude descrucificar al mero, pues los arpones se habían colocado en cruz, impidiéndome sacar al epinephelus,  epinephelus , pues mientras tiraba de uno de ellos, el otro hacía de palanca taponadora y travesaño, evitando la extracción del animal.
Luego de haberle clavado los dos arpones, lo que ocurrió a las 18 horas, quedaba una escasa hora de sol, que utilicé en intentar sacar al animal. Pero, el bicho,  no cabía por el agujero por el que le había disparado los dos arpones. Bajé, no obstante, aquella larga, pero corta hora, antes de anochecer, mas de 40 veces. Escudriñando y estrujándome el cerebro, calculando la forma técnica de sacar rápidamente al animal de donde se encontraba.  Pero el estrés, la poca luz del día, y el sinvivir,  viendo que anochecía, me hicieron soltar los fusiles de los mosquetones que les unían a los arpones y dejar aquellos con el mero allí clavado, llevándome los fusiles, y dando por finalizada la jornada,  para intentar sacarlo al día siguiente. Era imposible sacarlo en una hora, anocheciendo y sin  ninguna ayuda de otro buceador. El estrés por la lucha contra el reloj me estaba reventando.
El día siguiente, rompí mi mal hábito de no madrugar. Me levanté temprano, desayuné frugaz y rápidamente, y me dirigí con el equipo y un nuevo arpón de recambio,  que tuve que poner en uno de los fusiles para no ir desarmado, al lugar donde se hallaba clavado el mero.
Al final,  después de mucho pensar en la técnica extractora mas eficaz, ´habiendo bajado ya 32 veces, la única solución fue mover el arpón mas largo tirar de él hasta desgarrar la barriga del mero. Me costó mucho moverlo, pues el arpón estaba inmovilizado entre dos rocas con el mero clavado. Una vez saqué uno de los arpones, sacar el mero era cosa fácil, pues había conseguido trasladar el segundo arpón pasando la cuerda detrás de la piedra que hacía de columna, hacía un agujero mas grande, por el cual,  si cabía la cabeza del animal.
Pero antes de que sucediera todo y consiguiera sacar al bicho de su enroque, se me presentó una gran morena que, desde dentro de la cueva del mero, con su boca abierta,  armada con afilados y largos dientes puntiagudos como agujas, me hacía frente, desafiándome. Sin remilgos, le metí en la boca el gancho saca meros y saca arpones que, hace muchos años, me fabricó mi amigo el Sabio Borriquete, y la morena, viendo que no podía defender con sus fauces a su compañero de cueva sin tragarse el acero del gancho, optó por retirarse de la forma mas discreta y ya no volvió a aparecer, ni molestar.
Aquella morena me dio la coartada, para explicar a mi familia, que me inquiría de lo mucho que tendría que haber sufrido el mero durante una noche clavado y con vida. Le explicación que yo di, se la debo a la fiel morena, vecina de cueva del mero. Tenía que defender que el mero estaba vivo, sino nadie se lo comería después de una noche en rigor mortis y por otro lado tenía que defender que, el mero no había sufrido aún estando vivo toda la noche. Sencillamente, el mero no sufrió nada aquella noche, porque, aunque se conservaba vivo, estaba anestesiado por el arpón que tenía clavado en el cerebro, el cual no le impedía pensar que, si se moría la morena se lo comería, por eso se mantuvo vivo toda la noche, para evitar pasar al estómago de su vecina y compañera la morena. En resumidas cuentas, el mero no se fiaba de su compañera, eso le mantuvo con vida toda la noche. Por otro lado, el compañerismo amoroso de la morena defendiendo al mero del pescador submarino, solo estaba basado en el interés que produce la compañía de un gran cazador que solía repartir sus presas con su compañera de cueva, en agradecimiento a la limpieza,  de restos de comida y otras suciedades,  que la morena le hacía, eliminando los restos de comida que, de no hacerlo, resultaría invadida,  la cueva,  de bacterias y otros pequeños animales macrófagos y necrófagos, que podrían producir enfermedades contagiosas en el mero.  Pero, el cariño de la morena por el mero no quedaba ahí. Ella pensaba que después de muerto el mero sería de ella, que le pertenecía y pasaría a su estómago en señal de herencia de toda una vida de compañía en una cueva solitaria. Pero era errado el pensamiento de la morena, porque antes de sacar al mero, vi un pezqueñín mero en la misma cueva. Ese, sería el heredero de la guarida después de morir el mero. Pero si ello hubiese ocurrido, el cadáver hubiese pertenecido a la morena. Algo así como el Impuesto de Sucesiones que se lleva la  Hacienda de las Comunidades Autónomas, allí donde aún perdura, como vestigio de una época feudal. En este caso  era la Hacienda de la cueva y la morena quien lo recaudaba para si misma.
Aunque,  pensé aquella noche que quedó el mero allí clavado, que pesaría unos 4 kilos. El tamaño de la cueva y el hecho de haber sacado  años atrás, un mero de 7 kilos de la misma cueva, me engañó en cuanto al peso. Pesado en casa solo alcanzaba 950 gramos. Toda una sinrazón, que,  de haber sabido el tamaño del animal a ciencia cierta, jamás le hubiese disparado y me hubiese evitado dos días y un quebradero de cabeza para intentar extraerlo. Asimismo no hubiese dejado la cueva sin su valiente dueño.  Porque, el mero, aunque luego resultó que no daba la talla, si presentó la batalla de un gran mero difícil.

sábado, 25 de febrero de 2017

La retroactividad de la norma sancionadora mas favorable, favorece a unos mas que a otros





Después de un desayuno pantagruélico, sin reposo posterior, tuve que limpiar acuario y hacer kombucha, me decidí ya muy tarde,  con una gran pesadez y dolor de estómago, realizar una visita a aquella cala, suponiendo que estaría mas al abrigo del fuerte viento y marejada de levante.
El agua estaba algo turbia, la mar de fondo era de casi un metro, pero en la orilla, por donde penetré, estaba relativamente tranquila. El agua estaba en 15 grados, la temperatura para cazar dentones y salmonetes, pero, dada la turbidez del agua, solo divisé un salmonete gordo, al que le atravesé la cabeza con el arpón, pero que no se dio por muerto y escapó. Después maté dos pequeños salmonetes que no daban para comer. Tampoco iba a necesitar comer otra cosa que una patata hervida, dado el dolor e hinchazón de estómago durante todo el tiempo que duró la pesca y después de salir del agua.
El equipo era el traje de 7 mm de este año, dos chalecos, 6 kilos de plomos en el cinto y 1,600 gramos en el chaleco de lastre. No tuve frio, pues el traje nuevo y el sol que lucía, me hacían sentir caliente.
En las tres horas que duró la pesca, solo bajé 32 veces. Apenas se divisaba el fondo a 8 metros, por lo que los salmonetes había que buscarlos planeando entre dos aguas, mas bien pegado al fondo.
El pulpo cayó fulminado cuando cambiaba de lugar. Ya al salir, bajé a una losa y una sepia pequeña huyó por poco tiempo, pues el arpón la atravesó.
En resumen, la retroactividad de la norma sancionadora mas favorable, me doy cuenta que favorece a unos mas que a otros. Mi amigo Borriquete, ya había sacado una buena pesquera, cuando yo aún dormía a pata suelta. Y las pesqueras no admiten retroactividad. O se madruga o ya no se pesca.
Aquel otro día, unas semanas antes, localicé unos restos de ánforas, de cuyo hallazgo di parte al Museo de Arqueología Submarina. Pero ya tenían todo documentado, el lugar, los restos de ánforas tipo Dresell, etc., allí quedaron aquellos restos, a merced de que los temporales acabasen con ellos.
Espero que el kombucha me de una buena mejoría al estomago.
Cambiaré el chip. Esos desayunos para gigantes, pasarán a la historia. Un vaso de kéfir, será suficiente para aguantar el tipo largas horas, dándole caña a las largas aletas de bucear. Ya veremos. Pero es que la obesidad me está matando de tanto desayunar.

viernes, 24 de febrero de 2017

En territorio de Borriquete, el peso no me iba a dar problemas



 




Aquel día no tuve que hacer apneas, ni bajar mas de un metro. El objetivo era allanamiento y rapto de pulpos y sepias en territorio del Sabio Borriquete, quien, por unos días se relajaba, mientras disfrutaba del lindo paisaje no sumergido. La ventajilla, es la ventajilla, pensé yo, señalizando el territorio, objeto del allanamiento, de una forma poco ortodoxa para los perros, pero que, en estos casos deja los intestinos preparados para la practica del buceo, sin luego tener problemas de apretones y otras historias.
Así que, me puse el equipo y me lancé a aquellas tranquilas aguas. Nadé contra corriente, pero apenas había. No vi nada en dos kilómetros y medio
, desde el palmeral, hasta la puerta de la calle donde habita Borriquete. El sol se iba a poner en una hora y media y debía deshacer el camino recorrido para llegar otra vez al palmeral. Pero todo no iba a ser mala suerte, a pesar de que, antes de meterme, le comenté a mi amigo Borriquete, que mi problema sería sacar un número mayor de piezas que las legalmente permitidas, a lo que Borriquete me comentó que, no iba a tener problemas con el peso.
Como si el presagio de Borriquete fuese certero, me encontré con 8 kilos de plomos de lastre metidos en su cinto. Gracias a la gran boya neumática que llevaba pude transportar el pesado lastre, hasta el coche, durante un trayecto dentro del agua de mas de 2 kilómetros. El presagio de Borriquete se había cumplido. No tuve problemas con el peso, pero en este caso el peso era pesado, plomos. Nada de pulpos, nada de sepias. Solo saqué dos pulpos medianos y un sargo adormilado al atardecer calimoso. Claro, de mi ansía de no madrugar, resultó que salí ya de noche del agua.
El agua estaba entre 15 y 16 grados. La mar tenía algo de mar de fondo, pero planchada por el fuerte viento de levante norte.  Me puse el traje de 7 mm sin peto, comprado este año, junto a dos chalecos de 4 mm en el pecho. Llevaba en el cinto 7,5 kilos de plomos y en el chaleco 4 kilos. Un lastre que nunca suelo llevar, pero que, habida cuenta del poco fondo era necesario, para poder hacer alguna espera a lubinas, que nunca vi aquel día.
Mientras tanto mi amigo Borriquete, ajeno,  aquel fin de semana, a las penurias que produce la pesca submarina, disfrutaría de los frutos de sus pesqueras anteriores, tal vez en muy buena compañía. Ahora me tocaba a mi sufrir bucear y pescar, si hallaba alguna pieza digna de disparar. El fin de semana el anticiclón prometía un respiro a la mala mar de la Manga.

sábado, 15 de octubre de 2016

La retroactividad de la norma sancionadora mas favorable



La previsión era que, la mar de fondo iba en aumento hasta alcanzar un metro de altura. Así fue. Para salir del agua tuve que sufrir algunos revolcones peligrosos con todo el equipo.
La temperatura del agua era ideal, 23 grados. El traje sin peto de 5 mm, comprado el año anterior, junto a un chaleco de 3 mm, permitían disfrutar de esa temperatura tan agradable. En el cinto llevaba 4,5 kilos de plomos.
La mar de fondo era bestial. Mareaba. El pescado estaba desaparecido. Se veía micha vida próxima a la superficie del agua, pequeñas crías de peces en bancos, dobladas, sargos, etc. Los peces que acometían el fondo de rocas  y posidonias, eran salpas y algunos sargos pequeños. Vi algunos meros pequeños, de un kilo aproximadamente, a los que no disparé, respetando su pequeña talla. Es curioso, pero el mero sabe cuando tienes intención de cazarlo y cuando no. De esta forma, ´pude disfrutar viendo a los pequeños meros por parejas en sus cuevas.
El día anterior, mi amigo, el sabio Borriquete, me comentó que,  cualquier sanción impuesta con anterioridad, podía ser anulada, por aplicación del principio constitucional de retroactividad de la ley sancionadora mas favorable.
Aquel día, hice un brindis a mi amigo y al derecho Constitucional, pescando tres pulpos. Pues hacía muchos años que no había comido pulpo cazado por mi, desde que se implantó la prohibición absurda de la pesca recreativa del pulpo. Con lo ricos que están.
Cuando salí de pescar a las 4 horas de haberme metido, le regalé uno de los pulpos a una pequeña admiradora, junto con unas orejas de mar para su pequeño y gracioso hermano. Personajillos que muchos días esperaban que saliera de pescar para mirar todo el equipo que llevaba y hacerme preguntas curiosas sobre la mar. Era la única forma de aprender, preguntar, preguntar y preguntar.
 
 

viernes, 23 de septiembre de 2016

El pescador submarino con el pie cortado. El tercer mujol no había salido.


 
Divisé aquella boya de pescador submarino muy lejos, mar adentro. Pensé que estaría sobre algunas piedras sobre un fondo superior a 15 o 20 metros. Así que me lancé hacía donde se encontraba la boya, nadando velozmente. Pero cuando me estaba acercando, vi que la boya se movía mas veloz que yo, lo que me impedía alcanzarla, a pesar que comenzó a nadar hacía donde yo me encontraba. Me rebasó y continué detrás de aquella boya tan veloz. No podía darle alcance, quien fuera el pescador que llevaba aquella boya, nadaba con una velocidad que me era imposible igualar. Por fin pude darle alcance, cuando el pescador fondeó la boya y se sumergió. Le divisaba desde la superficie, y me pude dar cuenta de algo que se me quedó grabado. Aquel pescador submarino solo llevaba una aleta en un pie. En el otro no llevaba aleta alguna, ya que el pie estaba cortado. Un pequeño muñón era lo que quedaba de su pie izquierdo. Llevaba el pantalón cosido y pegado sobre el muñón para no tener frio. Aquella visión me hizo tal impacto que me llevó a pensar en la poca distancia que cada día nos encontramos de la muerte. Aquel pescador submarino tenía un pie muerto, mejor dicho Le faltaba el pie. Le saludé y me dijo que llevaba buceando desde muy temprano por lo que llevaba mas de 6 horas aleteando con un solo pie y no estaba nada cansado. Pero no solo eso, sino que nadaba mas veloz que yo con dos aletas y que acababa de comenzar la jornada de pesca. Aquel buceador era la prueba viva de que las limitaciones inhabilitantes solo se encuentra en nuestro cerebro, porque cualquier circunstancia inhabilitante puede ser superada por quien pone en ello voluntad. A pesar de que solo llevaba un gran sargo colgado en la boya, aquel pescador estaba motivado, tal vez, porque cada minuto dentro del agua se estaba superando a si mismo y a los demás, mientras hacía deporte.
Después de saludarle me alejé en sentido contrario al del buceador de una sola aleta.
El agua estaba en 24 grados. Me puse el traje comprimido de 7 mm que tenía varios años. La chaqueta estaba tan acartonada y falta de elasticidad, que me estrangulaba la garganta. Tuve que darle un corte, pero me seguía estrangulando. Estaba deseando salir. Me puse un chaleco de 3 mm. En el cinto 3,5 kilos de plomo. No tuve frio.
Nada mas meterme divisé tres mújoles que entraron a una cueva. Vi salir dos de ellos. Bajé a por el tercero que no había salido. Allí estaba, apunté a su gran cabezota y el arpón le penetró en ella dejándole muerto. Después falle un mero de unos dos kilos. Puse el arpón hacía abajo y la culata hacía arriba. Tal vez eso hizo que el arpón no siguiese la guía del cañón y el tiro saliera desviado. Después clavé un gran salmonete y una corvina. Salí a las 5,30 horas de estar buceando. La pesca la regalé a un conocido que pasaba por allí. Tendría que comer solo brócoli aquel día.