MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Erase una vez una mina de quincalleria barata y de mociones de censura.








Aquel día me fui a la mina de los Morteretes. El agua estaba en 19 grados. Llevaba un traje sin peto de 7 mm, con dos chalecos de 3 mm. En el cinto 6,5 kilos de lastre. Tal vez con un pantalón de 5 mm hubiese ido bien, incluso con el traje entero de 5 mm.  Pasé un pelín de calor.
Aquel lugar, habitual del Sabio Borriquete, no dejaba lugar a dudas, la Virgen en forma de pez, podía aparecerse en cualquier instante. El agua estaba turbia, cosa mas emocionante, pues sin verla, podía una gran pieza colocarse en tus narices.
La primera sorpresa fue que, al cargar el fusil para grandes piezas, quebró el cabezal de las gomas. Como llevo varios fusiles, quité un cabezal de otro, e intenté colocarlo en el arma larga, pero fue imposible, pues no pude quitar el casquillo del cabezal del fusil largo. Se había encasquillado. Con dos pares de guantes de latex en cada mano y encima unos guantes de neopreno de 3 mm,, no podía. Abandoné la intención, volviendo a colocar el obus en su fusil y cogí el de 90 cm, cargado en la segunda muesca y con dos vueltas de hilo. Hice varias esperas en mitad de nada, esperando que Los Morteretes, me fuesen propicios y apareciese la pieza de mi vida. Todo fue en vano, solo aparecieron unas lechas de 700 gramos, mas escamonas que nada. Así que aborté las esperas en el fondo, para pasar a la pesca del indio sobre el fondo, habida cuenta de que el agua estaba turbia y la visibilidad escasa. Así andaba, viendo amigablemente unas corvinas de 700 gramos, a las que saludaba y no disparaba. Ellas, las corvinas, sintiendo en mi un ser amigable, se dejaban hasta fotografiar. Un sexto sentido bajo el agua, transmite a través de las ondas acuáticas, las intenciones de cualquier animal. Eso lo sabían las corvinas y todos los peces. A mi me faltaba muchas horas de agua, para saber las intenciones de los peces, pero algo iba aprendiendo.
Unas de las veces, divisé en otras piedras una corvina que daba la talla y a lo lejos, pues ella adivinó mis pensamientos y huía a esconderse, disparé in extremis, con la puntería que me había dado la quincallería barata. Lógicamente, aquella quincallería, me hizo no errar el tiro y la corvina, a pesar de estar lejos cayó fulminada.
Me dispuse a volver, quedaba media hora de sol, nadando hasta el lugar desde donde entré al agua. Y necesitaba una medía hora de darle a las aletas, para llegar a nado hasta aquella costa.  Pero, cuando faltaban cien metros para salir, y había una profundidad de tres metros, me vi rodeado amigablemente por un banco de depredadores de gran tamaño. Se trataba de palometones. Como siempre llevo la punta del fusil hacía delante, mientras nado, solo tuve que apuntar a su espina dorsal, lo más próximo a la cabeza y con la puntería y la rapidez que, me había facilitado la practica de la quincallería barata, el arpón penetró en la espina del pez, dejándole tieso. Tan tieso que hasta solté el fusil, irresponsablemente para abrazarlo y clavarle el cuchillo en su cabezota. Estaba dura, pero le di muerte. Mientras esta operación realizaba, vi como los compañeros del abatido espetón, daban vueltas pacientemente a mi lado, tocándome, esperando que su amigo volviese con ellos. Después de un tiempo prudencial que duró unos cinco minutos, desaparecieron. Lástima que no hubiese venido un compañero conmigo este día, pues habría podido, a su antojo, disparar al mejor palometón que hubiese elegido.
Aquel día improvisé con un arpón roto, unas gomas viejas de fusil y un trozo de cuerda de tender la ropa, un gancho para sacar pulpos. Cuando lo estaba fabricando y afilando, sentí pena de ser tan cruel con los animales marinos, con lo amigables que ellos son conmigo. Pero bueno, como siga así, paso a cazar cazadores de peces en vez de peces. Eso tendrá que esperar. Pero sigo sin comprender y nunca he comprendido, a quien convierte la fauna del fondo marino en billetes, esquilmando la mar todos los días, para engrosar su cartera, o su losa, con algo que no va a disfrutar. Yo no entro en que eso es ilegal y esta castigado con una buena multa, sino que pienso en que, si la cartera, o la losa, es grande y sin fondo, puede dejar el fondo del mar sin peces y morirse rodeado de billetes, porque no podrá gastarlos. En cambio, el fondo de mi congelador es pequeño y con poco está lleno. Cazo para comer y regalar a mis amigos. Disfruto de la vida y me da gusto verme rodeado de peces, sin ver en ellos billetes, sino solo peces, alimentos, naturaleza viva y sobre todo, hago ejercicio fisico. Pero la codicia puede ser tan avara, que, algunos pueden y prefieren trocar amigos, parientes y buenas gentes, a cambio de acumular billetes. Y eso, eso si que es una infamia, sin entrar en que, también,  es un ilícito administrativa en materia de pesca. Pero de momento, solo cazo peces.



martes, 25 de septiembre de 2018

El final del verano del dieciocho. Lo bueno de la quincallería barata.









 

 



Mucha comida sana, pero nada de pesca submarina. Solo nadar y nadar, pasar calor y caminar.
Por fin el verano se acabó. Se fueron los veraneantes. Si la temperatura del agua baja de grados, posiblemente acuda el pescado a la orilla. Aún no ha sucedido. A final de septiembre el agua esta en 26 grados. Durante los meses pasados, llegó a alcanzar los 29 grados centígrados. No había pasado en ningún año antes, que la temperatura de la mar, en estas costas, hubiese alcanzado cifras tan elevadas. Algo estaba sucediendo en el clima. El agua del mar, solo era un testigo.
Estuve metiéndome a bucear varios días seguidos al final del verano. Salía sin pegar un tiro. Solo se veían, simiente de pulpos y meros chicos. Buena señal para épocas futuras, pero de momento solo aburrimiento y entrenamiento para días mejores. De tanto tiempo sin bucear, casi dos meses, el estomago se había pegado a los pulmones, debería despegarse en unas cuantas salidas y dejar espacio para ventilar y hacer buenas apneas.
Aquel día, me fui a los lugares del bajo de la piedra gorda, en busca de dentones, pero, visto que no había, debido a la alta temperatura del agua, comencé a pescar al agujero. No bajé muchas veces en 5 horas, solo unas 60 veces, según indicaba el reloj submarino. No vi nada, solo aquella dorada y aquella corvina. La dorada pesaba un kilo y la corvina 700 gramos. Se lo regalé a mi familia, mientras yo compraba en el supermercado boquerones para hacerlos a la plancha, que están riquísimos.
El agua estaba en 26 grados, llevaba el traje de casi 20 años de 3 mm en origen y que ahora tendría un milímetro, un chaleco de otro tanto, pues el pantalón no llevaba peto. En el cinto solo un kilo y medio de plomos. Era delicioso bucear en aquel bajo, daba la sensación de estar en una fuente termal. Pero no había pescado. Aquella dorada me miró de frente al fondo de la cueva, le apunté y el arpón le entró por la pinta amarilla de su cabeza, saliéndole por debajo de su vientre. La corvina, me miró mientras huía a esconderse. Esa fue su perdición, mirarme de perfil. Antes de desaparecer el gatillo sentenció un disparo alcanzándola por el cerebro. Quedó muerta en el acto igual que la dorada. Parecía mentira que después de dos meses sin bucear y sin disparar un tiro, la precisión en la puntería no hubiese sufrido merma alguna. Claro, la quincallería barata del mes de junio, tal vez, tuviese mucho que influir en esa precisión. Ya solo falta sacar el meraco, para calmar la humildad del Sabio Borriquete, a quien ya se le estaba pasando el disgusto de aquella quincallería barata del pasado 22 de junio. Que huevas tan ricas tenían aquellos espetones.


viernes, 22 de junio de 2018

Quincalleria barata












No me gustan los billetes de papel, prefiero una tarjeta de pago, no una de crédito. El papel, al final termina siendo papel arrugado, sucio, o mojado. No vale nada en si. Solo es un medio de trueque admitido universalmente. Pero, si no truecas, ni gastas, no hace falta el papel billete. Prefiero la quincallería, aunque sea barata, por ejemplo, monedas de plata. Eso, es otro cantar, las puedes tocar, guardar, etc, y no se mojan, ni se arrugan. Valen al menos su valor facial, pero siempre valen mas por su valor metal. Por eso, entre coleccionar papel billete, o monedas de plata, elegiré siempre esta última. Y, entre vivir la vida, comiendo un mero saludablemente cocinado, o un papel de billete guardado insepulto y nunca gastado, prefiero el mero comido y vivido al papel arrugado y enchurrascado. Ya fuera de casa, en restaurantes, nunca pido pescado, solo carne. No me gusta comer pescado, si no es fresco y recién sacado. Pero, sin comprenderlo, respeto al pescador que no come pescado fresco, que prefiere guardar billetes de dinero, a comerse un buen mero, bien cocinado al estilo casero. También respeto, al que guarda el pescado en la nevera y lo come cuando llega la primavera, cuando las bacterias ya han comenzado su faena. El pescado fresco, la carne antes de que empiece a oler mal.
Todo esto no tiene nada que ver, con la pesca de los últimos días. Es difícil pescar en aquella punta, donde cada día le sacan punta, cien mil buceadores, tanto de botellas como de fusil. Por eso, solo busco hacer ejercicio y entretenerme seis horas buceando cada día, mientras me entreno y pongo en forma afinando la puntería. Bajar 150 veces y disparar casi cien tiros, para pescar seis espetones, no es productivo, pero tampoco indigno ni vergonzante, ni ilegal. Me gusta salir exhibiendo mis humildes pesqueras, aunque a los pescadores furtivos les de vergüenza ajena y no se dignen saludarme. Ellos, tal vez, si que deberían sentir vergüenza de infringir la ley, en todo su esplendor. Pero llevan la cabeza alta y no la agachan, ¿porqué iba a hacerlo yo?. ¿Por qué haya pescado para comer unos espetones o unos salmonetes? Queva, equivocados van, si no me saludan, me ahorraré saludarles. Soy asocial y no tengo vergüenza. Eso si, soy legal, educado y cumplidor con los demás. Pero detecto un geta, un sinvergüenza, un puto interesado y un maleducado. Los repelo como el gato al agua. Me los sacudo.  Visto, que los furtivos, han expoliado todo, solo queda pescar para comer, modestas pesqueras. Salvo que un mero decente de la talla y se ponga al alcance de mi fusil, o cualquier otra pieza decente. Mientras tanto, no bajaré la frente, nunca, nunca, nunca. Y tampoco intentaré ser igual a los demás. Me gusta ser como soy y me dejan ser, las circunstancias casi siempre adversas que me rodean. No soy Caín, tampoco Abel.
El fuerte viento de levante que arreciaba aquellos días,  previos al verano, a partir de mediodía, solo me dejaba meterme a cobijo de aquella punta, esquilmada. El agua estaba en 22 grados. El traje de 5 mm. y dos chalecos en el pecho. En el cinto cinco kilos de lastre.
Muy ricos, esos espetones.

jueves, 31 de mayo de 2018

La mocion de censura comtra Borriquete, por parte de Mero Sanchez, hizo, a degüello, perder por corrupcion al Berrugato, que posteriormente fue cobrado








 
Era como una cagada de gaviota, refresca al principio cuando el animal desde lo alto nos deja caer sus excrecencias, líquidas, frescas y blancas. No tenía mas remedio que sacudirme las excrecencias de gaviota, que me producían las pesqueras del Sabio Borriquete. Tiene, Borriquete, unas armas sencillas, antiguas y rudimentarias, pero entre ellas, la mas productiva era madrugar, aunque ello le pudiera suponer pasar el resto del día, después de pescar, a la sombra aburrido. Cosa mas llevadera, ahora que viene la canícula. Aquel día que vino a enseñarme su pesquera a las puertas de mi casa, me espoleó de tal manera que, aún siendo las tres de la tarde, cogí el coche y me fui a la provincia limítrofe, esperando que el gran Cabo de Gata, dejase la mar al abrigo del sempiterno, este año, viento de lebeche.  Después de hacer unos 80 kilómetros, me di cuenta que el temporal, hacía estragos en aquella lejana costa también. Los borregos o espuma de las olas de viento, me hicieron abortar la pesca y desandar en coche los 80 kilómetros, sin mojar el traje de pesca.
Así que al día siguiente, me marché a los lugares de campamento de invierno. Pero, el primer día luchando contra el vendaval de poniente que a un kilómetro de la costa me azotaba impunemente, después de tres horas sin disparar un tiro, viendo una red de pesca próxima al lugar de pesca, también abandone, sin haberme podido quitar la caca de gaviota que me producían las pesqueras de Borriquete.
Al día siguiente, después de dormir acampado en aquel lugar, era la moción de censura de Pedro Sánchez contra Rajoy, así que pensé, si le mojaba la oreja a Borriquete, no sería tan solo eso, sino se convertiría en una moción de censura, contra la caca de gaviota, que me producían las pesqueras del Sabio de la Zona.
Aquel día, cambié de cuchillo. Compré uno nuevo muy económico, pero no por eso malo. Borriquete, aún llevaría un simple cuchillo de cocina, atado con unas lienzas de goma. Pero, yo no soy Borriquete, llevo una buena boya, y pescar sin un cuchillo decente, me impediría meterme. El agua estaba en 20 grados, traje de 5 mm, sin peto, con dos chalecos sin mangas. 5 kilos de lastre en el cinto. La previsión era viento del suroeste fuerza 4. Allí, salvo una pequeña corriente del sureste, la mar no estaba mala. Lo primero que  vi, cuando llegué a las piedras, fueron tres corvinas de arena, llamadas verrugatos, que huían de mi presencia. Sin soltar de la mano el plomo de lastrar la boya, me deslicé contra la mas próxima de las corvinas, disparándole in extremis cuando se iba a meter en una grieta. La atravesó el arpón, pero se escapó. Lástima, era bonica. Seguí pescando, me fui a las piedras que están a mas fondo. Bajé a unos 11 metros de profundidad y miré bajo unas rocas a mi derecha, sin ascender, me giré mirando a otras rocas a mi izquierda, retorciendo el cuerpo como una toalla a escurrir. Le vi allí. Era el mero Sánchez, el de la moción de censura contra Borriquete. Se veía grande, allá en el fondo de la cueva, parecía dormir la siesta, eran las 17 horas. Estaría durmiendo, por haber madrugado tanto como Borriquete. El fusil lo tenía en mi espalda, igual que hace Borriquete, cuando se le aparece la Virgen en forma de pez. Tuve que hacer una operación arriesgada, girar el fusil sin hacer vibraciones, para poder apuntar al mero Sánchez, el de la moción, tenía, para ello que girar el arpón casi 360 grados. Lo hice y encendí la linterna. Todo en milésimas de segundo, porque el aire faltaba ya en los pulmones. Le volví a ver, si, parecía asiestado de madrugar. Esta va a ser mi oportunidad, a quien madruga Dios le ayuda, pero eso, solo le sucede a Borriquete, este pobre mero, por madrugar tanto, y estar a esas horas durmiendo la siesta, le iba a sacudir un arponazo de los buenos apuntándole al ojo, pues los peces, aunque duermen no cierran los ojos, pues no tienen párpados. Apunté al ojo, apreté el gatillo, y la moción de censura fue atravesada cerca del ojo, saliendo el arpón por la barriga del mero Sánchez. El animal se sacudía, mientras, sin ascender aún, tiraba del arpón para extraerlo de la cueva. Inmediatamente, le cogí bajo las agallas, y coloqué la punta del cuchillo en su cabeza, penetrándole el cerebro y dándole muerte. El cuchillo, tal vez era el que me había dado suerte.
Ilusionado con contar la historia de la moción de censura del mero Sánchez, olvidé relatar la del Berrugato. Cuando me disponía abandonar el lugar donde había clavado y se me había escapado aquel verrugato, le vi muerto en el fondo. Estaba degollado. La parte baja detrás de la cabeza estaba seccionada. Increíble que el arpón hiciera una herida tan mortal y el animal pudiese escapar después. Lo mismo me ocurrió después con un supersalmonete mas grande que mi mano. Después de clavarle en la cabeza, cuando fui a cogerle, escapó. Era tan grande y tenía tanta fuerza después de muerto, que el arpón, lo arrastró un metro. Pero ese salmonete, si escapó. Estuve unas 6 horas buceando y me encontraba bien, había bajado unas 60 veces a ver debajo de las rocas. Pero, salvo esa moción de censura, suficiente para quitarme la caca de gaviota que me producían las pesqueras de Borriquete, no vi otra cosa.
Cuando llegué a mi casa eran las 12 de la noche, congelé el pescado para regalarlo a mi amiga, me duché y me comí media melva a la plancha, de hacía dos días, que guardaba en el frigo. La melva, no tuve que comprarla, me la regaló un pescador artesanal de la zona.
Aun no comprendo, porqué el Sabio Borriquete, tiene su blog en privado. No se yo, que mosca le habrá picado. La moción de censura, seguro que no, porque es posterior. En fin, doctos y sabios da la pesca. Pero, una moción de censura es una moción de censura y cae hasta el apuntador con ella.

miércoles, 23 de mayo de 2018

El Tomahawk erró el objetivo.



Aquel día, pensé en hacer pesca submarina con el kayak. Comencé tarde la tarea de preparar los equipos del kayak y de la pesca submarina. Cuando eran las 14 horas salí de casa rumbo a una costa al abrigo del viento de poniente. Aquella mañana comuniqué a mi amigo el Sabio Borriquete, que me disponía a utilizar la tecnología del kayak, para la pesca. Después de leer el periódico, bajar el abundante desayuno, solo me quedaba elegir el lugar donde botar el kayak, o como dije a Borriquete, el lugar desde el que lanzar el Tomahawk de crucero, con velocidad subsónica.
Cuando, después de atravesar angostos caminos asfaltados por esos caseríos de Poniente, en plena naturaleza de la sierra de La Muela, llegué al Portús, tuve la mala suerte de encontrar cortada la carretera que baja a la playa, por obras. Entonces, me dirigí al camping naturista, para que me dejasen atravesar el camino para acceder a la playa. En la oficina de recepción, había cinco señoras, que me negaron el acceso. Insistí que no podía acceder a la playa con el kayak por otro lado, pero la negativa fue tajante. Pedí hablar con el dueño del camping y otra vez la negativa de las cinco señoras fue tajantemente disuasoria. Entonces llamé por teléfono a la Guardia Civil, para que levantasen acta de que se me impedía el acceso a una playa pública, a través de un camino de toda la vida que era público, con el objeto de tener una prueba para presentar una denuncia judicial, para defender bienes de uso y dominio público, que son de todos. Pero, la G. C., después de insistirme que aquello era privado, a pesar de mis razonamientos jurídicos sobre los bienes de dominio público y los de titularidad privada, que los últimos no pueden quitar el derecho de los ciudadanos al acceso, uso y disfrute, de los bienes de dominio público, por una entidad privada con  ánimo de lucro. Solo conseguí que el G. C. me dijese amablemente, que la pareja de GGCC., estaba ocupada en otros menesteres y no podía acudir en mi auxilio. No cejé por ello, sino que llamé a la Policía Local, y me dijeron que no era de su competencia zonas rusticas, que era de la G.C., y que aquello era privado.
Como iba a poner una denuncia, sino tenía la prueba de que me habían impedido el acceso, y no llevaba testigos, pues iba solo, sería ante el juez, mi palabra contra la de cinco señoras testigas. Estaba dispuesto a perder todo el día para defender lo que es de todos y que un particular ha privatizado, con el beneplácito tácito de todos los poderes públicos, sea por omisión, sea por inacción. Cuanta discriminación, comparando este asunto, con aquel pueblo de pescadores de toda la vida de Puntas de Calnegre, a quien Costas, o, Ministerio de Fomento, pretenden borrar y derribar de un plumazo para siempre. En internet hay muchas alusiones a este tema del camping del Portus, por ejemplo: https://www.trebol-a.com/2014/06/13/no-pagues-por-ir-a-la-playa-del-el-portus/
Entonces me acordé de mi amigo Borriquete, quien cree en las apariciones de la Virgen, en las supersticiones, en las maldiciones y, tal vez, en el mal de ojo. No sería esta una maldición? De quién?. Mala suerte la mía que no se me aparece la Virgen nunca, cosa contraria a lo que le sucede a Borriquete, que se le aparece todos los días, devaluándola de tanto usarla.
Pensé, ya aburrido y cariacontecido, abortar el lanzamiento aquel día del Tomahawk, pero todo estaba preparado para el despegue del misil, así que solo tenía que intentarlo, aunque fuesen ya las 16 horas. Me dirigí por una rambla por un camino de perros. Bajé el kayak hasta la playa, con toda la tecnología, sonda, gps, radio marina, etc, por una endiablada cuesta de escalones de piedras, me cambié y boté el kayak. En esto se me fueron casi dos horas. De tanto tiempo sin utilizarlo, las gomas elásticas del timón habían perdido elasticidad. Antes de colocarme la chaqueta, una vez echada el ancla, me dí cuenta que el pisete se había soltado.  Otro obstáculo mas. La dificultad de quitarse los pantalones y colocarse el pisete, en el reducido espacio del kayak, era para sufrirla en vez de escucharla. No obstante, superé aquel otro obstáculo de la, increíble, maldición de aquel día. Me tiré al agua a las 19 horas y a las 20 debería salir, pues mientras colocaba los cinco fusiles, la boya, las aletas y demás, se iría un tiempo precioso, y a las 21 horas se hacía de noche. Me quedaba una media hora aun  de remar de vuelta, pues habría hecho poco mas de dos kilómetros remando, contra el viento de poniente. A la vuelta, no obstante lo tendría a favor.
El agua estaba entre 19 y 20 grados. Llevaba el traje de 5 mm, sin peto, con dos chalecos y 6,5 kilos de lastre al cinto.
El estrés y el poco tiempo que tenía para bucear, me hicieron predecir, que no podría ni encontrar ni clavar un buen mero, si lo encontraba. A pesar que había llegado lejos del alcance de los buceadores de infantería, aquel día me tendría que retirar sin una pesquera decente, por falta de tiempo. No obstante, en aquella zona los peces pululaban, las cuadrillas de sargos ocultándose en la rocas del fondo, me motivaba. Pero, no eran el objeto de mi fusil. Me acordé otra vez de Borriquete. El si que madruga. A las cinco de la mañana sale a pescar, no a las 15 horas como yo, y claro que se le aparece, cada día,  la Virgen María, la Inmaculada y todos los santos protectores de los pescadores, porque a quien madruga Dios le ayuda. Pero, decirle eso a mis biorritmos, los mataría seguro.
Solo clavé con el arpón un mújol de mas de un kilo y un macro salmonete. Los dos fueron a parar al congelador. Una lata de fabada, acabó con la maldición del día. Me acordé otra vez de Borriquete. Él habría hecho el harakiri a un sargo y se lo hubiese comido, pero yo no. No me gustan los sargos.  Eran las 24 horas cuando termine de comer. Él, Borriquete,  ya llevaría dos horas,  por lo menos,  durmiendo, preparando sus biorritmos para madrugar al día siguiente. Pensé, yo no cambio, pues hago lo que me gusta, en la forma que me gusta.  Que cambie Borriquete, si él ve que tiene todo el día para aburrirse. Antes, cambiaría yo mis biorritmos, que Borriquete su hábito de madrugar. Si fuésemos todos iguales, el mundo petaría. Hay que dar vez a los relevos. Pero, esto de las maldiciones, aunque haberlas ahíla, yo, no creo en ellas.