MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 30 de diciembre de 2018

El free diving en la camiseta de un animalista de Norwich, era mas bien el de un tiñalpa estonio.





















Aquel día, tenía que poner tierra por en medio, en todo lo que tocaba el merluzo megalodón. Debería hacer muchos kilómetros, hasta llegar a la Sarracenía. El tiempo no acompañaba. Llovió casi todo el día. Por lo que supuse que el agua estaría turbia. Me equivoqué. Estaba mas transparente que en verano. El sol no se veía, totalmente nublado y con lluvia. Tanto al cambiarme para meterme, como para salir, las gotas de lluvia me dejaron duchado.
Estuve buceando en torno a los 15 metros, al principio de meterme, buscando pulpos profundos gordos, aprovechando que la visibilidad era tan buena, que se veía el fondo a 15 metros, desde la superficie. Pero, no vi ninguno. Seguramente esperaran a febrero, cuando el agua esté mucho mas fría de los 16 grados, que había aquel día. Continué buceando en menos fondo. Bajé varias veces al ver un mero que pesaría unos dos kilos, pero estaba difícil, muy difícil. Bajé a verlo y a medirlo, unas diez veces, pero desistí, pues quedaba poco sol y si se complicaba, llegaría a anochecer sin sacarlo.
Vi, desde la superficie varias corvinas perro esconderse. Pero cuando bajaba, solo las corvinas normales quedaban para dispararles. No di ningún tiro, por supuesto. También vi un pulpo de algo mas de kilo, al que acaricie livianamente, en señal de amistad, con la punta del arpón. Algunos dentones chicos de medio kilo se me aproximaban, pero no iba a dispararles. Buscaba al mero del castañazo, pero, salvo otro mero de poco peso, ese día no era el del megamerazo.
Se me hizo muy tarde para salir. El sol ya se había puesto totalmente y las nubes dejaban un rastro de tormenta.
Al salir, un extranjero de Estonia, con una prenda de vestir con el anagrama de "free diving", me esperaba en la orilla. Parecía un guardia. Pero no, solo era un tiñalpa, que, en la oscuridad de la noche, mientras salía del agua, iba contando las puntas de los arpones que llevaba. Sin hablar, pues no entendía nada de español, si hizo un ademán de preguntar algo así, como: ¿para qué tantos fusiles?. Le iba a decir algo pero, no lo hice. Tampoco me iba a entender. Buscaba, aquel tiñalpa, si había pescado algo. Pero, no lo encontró. Si, claro que había pescado algo. Un gran salmoneitor, que escondí en la malla, para que no se escapase, pues aún después de haberle rematado, tenía energía para desprenderse del aro portapeces. Por eso lo guardé a buen recaudo. Estoy seguro que, aquel tiñalpa animalista extranjero, me hubiese recriminado en mi propia tierra, el porqué le disparo a un salmonete. No hacia falta entenderle, se dedicaba a la apnea, pura, dura y por solo la apnea. Era, según pude entender de Norwich. Pero, tenía una pinta de Estonio, que tiraba de espaldas. Porque, aquel día, al ¿anochecer, con el frio y el agua que caía, ¿Qué narices pintaba allí, esperando ver mi salida?. Aquel día, por fin, pude bucear donde el borrico,  del merluzo megalodón, no había metido su hocico.

sábado, 29 de diciembre de 2018

El día de los inocentes, el merluzo megalodón se podía haber llevado el bajo, pero dejó el cucharón del Tajuña.


 
 








Aquel día de los santos inocentes, fui a pescar al bajo Tajuña. En aquel lugar, ocurrió un naufragio en los años 1957, cuando el buque estaba amarrado cerca de la costa, preparado para cargar mineral de hierro de las minas del lugar y mientras la tripulación estaba en tierra, celebrando el día de Santa Barbara, en el baile, como siempre ocurre en los naufragios, en que los responsables de contralar el barco, se descontrolan a modo de,  "vivía la fiesta".
Un fuerte temporal de lebeche se metió, arranco los amarres y lanzó el barco contra la costa, llena de rocas y arena. Fue imposible sacarlo a flote y los armadores optaron por desguazarlo in situ. Como en casi todos los naufragios, siempre quedan restos esparcidos por el fondo del mar.
No acostumbrado a bucear por aquellos lugares de poca profundidad, que, además no me gustan nada, me metí mar adentro, sobre los 12 metros de profundidad, buscando rocas, o prolongación del bajo, aunque, el bajo aún no había dado con él. Pensé, por unos momentos, que, tal vez, el merluzo megalodón, no solo se había llevado los pulpejos de aquel lugar, sino que, se podía haber llevado hasta el Bajo, mismamente, dada su inmensurable ansia depredadora.
El agua estaba calmada, parecía un espejo. Allá, a lo lejos, pequeños barcos recreativos de pesca estaban quietos, echando sus aparejos y cañas de pesca. Yo, no paraba de zambullirme, para escudriñar desde cerca el fondo, e intentar encontrar unos bloques artificiales, que a modo de arrecifes, impiden que la pesca de arrastre se realice en aquella zona. No di con aquellos. No importa, tenía las coordenadas en el GPS, y otro día que las horas de sol se hayan alargado, intentaré buscarlos con el kayak, la sonda y el GPS, para ver si en ellos, hay algo de vida.
Aquel día, antes de entrar al agua a las 15 horas, me dieron la terrible noticia, de que habían visto, a las 8 horas de la mañana, apenas amanecido, meterse en el agua a un merluzo megalodón.  No podía dar crédito, a que aquel megalodón hubiera esquilmado depredadoramente ya la zona. También me dijeron que, los residentes de la zona, también buceadores, se metían todos los días por aquel bajo y que no había ni un pulpo, ni un vivo.
Yo, conservo la calma y la esperanza, en estos casos, sabiendo que lo que uno tiene que encontrarse, eso no se lo va a quitar nadie, por mucho merluzo,  megalodón, madrugueras y depredador que se precie. Es mas, unas rocas sumergidas, pueden estar despobladas a unas horas, y estar atiborradas de pescado al ocaso del sol. Porque los peces, buscan su abrigo, para pasar la noche a salvo de depredadores. Por otro lado, los depredadores y todos los peces, antes de anochecer buscan su cena saliendo a cazar piezas mas chicas que ellos. Esa ley de la naturaleza, deja a salvo de madrugueras, psicópatas que no pueden conciliar el sueño, porque se acuestan antes que las gallinas, merluzos magalodones, depredadores y otros reptiles submarinos, a aquellos indefensos peces, que por su tamaño necesitan protección.
En esos pensamientos agradables iba yo buceando, cuando desde la superficie, en el fondo y a unos 12 metros de profundidad, observé, lo que parecía una manta pastinaca, con su largo rabo, bajo el cual llevaría su aguijón venenoso. Estuve observando aquello, durante un largo rato, antes de sumergirme, pues al ver que estaba inerte, pensé que podría tratarse de un mortero de la guerra, de una bomba, o de cualquier objeto peligroso de explosión, si aún estuviese activado. Pero la prudencia dura y dura, bajar no me iba a ocasionar nada, si no lo tocaba. Una vez abajo, pensé que se trataba de una pala redonda. Lo miré con mas detenimiento y vi que tenía oxido de cobre. Aquel objeto era de cobre, o en su aleación el cobre era determinante. Como el agua estaba un poco turbia a esa profundidad, desde la superficie perdí de vista el objeto y tardé mucho en dar con el.
Después de leer la historia del naufragio del Buque Tajuña, al leer lo de los cucharones de carga, pensé que aquello era eso, un cucharon de carga de primeros del siglo XX, que llevaban los buques para remover dentro de las bodegas la carga. Al principio, pensaba que sería una especie de pieza de un alambique, o de una caldera, pues el manga de metal, conteniendo cobre en su fabricación, estaba hueco. Pero era apto para que, una mano pudiese agarrarlo, a modo de pala.  No cabía duda, había encontrado uno de los cucharones de carga del Buque Tajuña. En metálico cobrizo efectivo. Allí, no había pulpos, ni trueques. Era un metal noble, también vil metal, por el que los amigos de lo ajeno, dejan sin cableado instalaciones de tren, zonas residenciales, etc. Me había batido contra el merluzo magalodón, madrugueras y, aunque tarde, le había ganado el cobre.
Cuando de cierto había en mis pensamientos iniciales, de aquel día de los inocentes, cuando me dijeron que ya había pasado por allí un merluzo megalodón,  madrugueras. Pues,  lo que uno ha de encontrarse, sea la hora que sea, no se lo quita nadie.
El agua seguía en 16 grados, pero la sensación térmica era de calor.
Al salir, me encontré, en apenas unos tres metros de profundidad, las lajas pegadas a la costa, en las que embarranco el buque Tajuña. En su interior, como siempre ocurre por donde ya ha pasado el merluzo magalodón, solo quedan pequeños meros, maragotas y sargos chicos. Eso si, podría esconderse un buen mero algún día, si, todos los días, alguien mete el hocico en tales grietas, buscando como un borrico, esquilmar un rato, para conseguir infractoramente, un jornalito.
Una aproximación a la historia del naufragio del Tajuña, puede leerse en esta web:
https://vidamaritima.com/2011/11/la-varada-del-tajuna/

Porque la inteligencia flexible del pulpo.

https://www.lavanguardia.com/natural/animaladas-videos/20181229/453784762064/descubre-no-sabias-inteligencia-pulpos.html

viernes, 28 de diciembre de 2018

La huella del merluzo megalodón y la cerrajería.

 
 



























 

En cuestión de merluzos depredadores, hay categorías como en todo. Andaba aquel día, buscando la huella del merluzo depredador mas grande que se haya tenido constancia en toda la historia de la Tierra. Se trataba del merluzo megalodón. Por eso, siguiendo las marcas del mapa antiguo, me dirigí a aquel lugar, en el que sabía a ciencia cierta que, aquel merluzo megalodón, había pasado por aquellos fondos submarinos en su instinto depredador. Yo, además, buscaba a un buen mero, o un buen pulpo, de los del castañazo. Estuve 3 horas buceando. Me alejé tanto de la costa, que me encontraba sobre unos bajos submarinos salvajes. Pero salvajemente destrozados por la huella humana. En el fondo, multitud de hierros estaban sumergidos, pero no de una forma cualquiera. Eran mas bien la puerta al cementerio submarino, en lo que había quedado convertido el lugar. Era una puerta de cerrajería, con formas recurvadas que darían bien colocada,  en una casa andaluza, el resultado de una arquitectura estética. Allí, solo anunciaba la entrada a un cementerio submarino. Los peces, lo sabían. Allí  no había ningún pez. Estaban todos amontonados en un lugar distante, en una grieta a 12 metros de profundidad, en donde las maragotas, lábridos, meros, sargos y morenas, convivían felizmente alejados de aquella basura humana.
Seguí buscando la huella del merluzo megalodón, vi meros kileros, junto a maragotas negras. Vi pulpos mas que kileros, vi huevos de calamares colgados en grietas y cabos flotantes, con aquellas imágenes, que inmortalicé con mi cámara submarina, haciéndoles fotos, mientras las curiosas vaquillas miraban, atentamente, sin dar crédito a lo que veían. Los meros kileros abundaban, estaban confiados los animalitos. Parecía mentira que no hubiese un mero decente. Todos habrían sucumbido en épocas pretéritas a la depredación del merluzo megalodón.  Allí, no había nada que pescar, salvo sacar fotos. Era el cuarto día, sin disparar un tiro.
Ya casi a la puesta del sol, los cormoranes y gaviotas, tomaban los últimos rayos, antes del ocaso. Era víspera del día de los inocentes. Y, a mi personalmente, me parecieron todos aquellos animales, los del aire y los del mar, unas inocentes criaturas indefensas ante el acoso del merluzo megalodón, y expulsadas de su hábitat, por los efectos de la basura humana que abunda mas que la grama.